Wilkin Castillo. San Juan de la Maguana

Queridísimos hermanos, una vez más nos place tener contacto con todos ustedes por medio de este escrito semana, el mismo corresponde al Domingo Vigesimocuarto (XXIV) del Tiempo Ordinario. Sin dudas, estamos en tiempo favorable para profundizar esta palabra y por medio de ella iluminar nuestro caminar y peregrinar cristiano, es un privilegio escrutar la palabra de Dios y aportar en beneficio del hombre y de la mujer, tesoros predilectos de Dios a lo largo de la historia de la salvación.
En el Evangelio encontramos que, en aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: “Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?” Pedro con su pregunta empieza a trillar un camino de luz y de empatía al más alto nivel con relación a las exigencias de la vida cristiana. Está comprobado que interesarnos por el perdón del hermano es sin dudas un acto puro de amor.
Jesús le contesta: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.” Sorpresa para Pedro él estaba convencido que perdonar hasta siete veces era más que evidente y por demás suficiente y que estaba siendo muy generoso para con aquella persona que necesitaba del perdón. Un dato curioso en la cultura judía de ese tiempo perdonar tres veces era mucho perdonar.
Retoma Jesús la conversación y sostiene que: A propósito de esto, el Reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Recordemos que al final de nuestra existencia es seguro que Dios dueño de todo cuanto es y todo cuanto existe va a arreglar cuentas con todos y cada uno de nosotros. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así.
La cifra de Diez mil talentos era una cantidad de dinero grande, eran en realidad millones de dólares. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.” El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Es decir, que este deudor encontró respuesta positiva de aquel a quien le debía esa cantidad de dinero, que de hecho era una suma bastante alta.
Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: “Págame lo que me debes.” Un dato importante no se revela el nombre del deudor, al parecer una estrategia del hagiógrafo sagrado, con la intención explicita de minimizar el protagonismo de éste, por el comportamiento incorrecto, sátrapa de dicho personaje, que por demás era repugnante.
El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré.” Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. El monto que este pobre infeliz le debía a su deudor era insignificante, es decir, eran solo tres meses de sueldo frente a la gran cantidad que por el contrario a aquel arrogante ya se le había perdonado.
Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?” Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con ustedes mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.”
Este Evangelio nos deja una gran enseñanza y a la vez nos compromete a todos a ser coherentes e íntegros en el diario caminar por la vida. Es necesario aprender a medir al hermano con la vara del amor y con la vara de la misericordia, es una medida que más que quitarnos en la cotidianidad de nuestra existencia, nos da con mucho, multiplicado y al por mayor.
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