Su vida, marcada por la conversión y el servicio, nos recuerda que vivir el bautismo significa poner nuestros dones al servicio de Dios y de los demás.
Por Redacción Aire96FM
Cada 3 de octubre, la Iglesia celebra la memoria de San Francisco de Borja, un hombre cuya vida constituye un extraordinario testimonio de conversión, desprendimiento y servicio. Su historia recuerda que la santidad puede abrirse camino en medio de las responsabilidades familiares, sociales y profesionales, y que ningún lugar o condición humana constituye un obstáculo cuando una persona decide poner su vida en las manos de Dios.
Francisco de Borja nació en Gandía, España, en 1510, en el seno de una de las familias más importantes de la nobleza española. Su posición social lo llevó desde muy joven al ambiente de la corte y al servicio del emperador Carlos V. En 1529 contrajo matrimonio con Leonor de Castro, con quien tuvo ocho hijos. Durante aquellos años desempeñó importantes responsabilidades públicas, hasta convertirse posteriormente en virrey de Cataluña y, tras la muerte de su padre, en duque de Gandía.
Sin embargo, la vida de Francisco experimentaría una profunda transformación.
Una muerte que cambió su mirada
Uno de los acontecimientos decisivos de su camino espiritual ocurrió en 1539, cuando murió la emperatriz Isabel de Portugal, esposa de Carlos V. Francisco acompañó su cortejo fúnebre hasta Granada y aquel acontecimiento le hizo experimentar de manera dramática la fragilidad de la vida y la fugacidad de los honores humanos.
La experiencia provocó en él una profunda reflexión espiritual. Aquello que parecía permanente —el poder, la belleza, los títulos y las riquezas— podía desaparecer. Francisco comenzó entonces un camino más intenso de oración y conversión.
Años después, tras la muerte de su esposa Leonor en 1546, tomó una decisión todavía más radical: dedicar el resto de su vida al servicio de Dios. Conocedor de la espiritualidad de la naciente Compañía de Jesús y cercano a figuras como san Ignacio de Loyola y san Pedro Fabro, ingresó finalmente en la Compañía de Jesús.
La transformación fue profunda: el hombre que había conocido el poder decidió convertir su vida en servicio.
Del poder al servicio
Francisco de Borja no abandonó solamente una posición social privilegiada. Abandonó una manera de entender la grandeza humana para descubrir que la verdadera grandeza está en servir.
Su experiencia resulta especialmente significativa para los cristianos de nuestro tiempo. Vivir el bautismo no significa necesariamente abandonar nuestras responsabilidades familiares, profesionales o sociales. Significa permitir que Cristo transforme la manera en que vivimos esas responsabilidades.
Un padre o una madre pueden vivir su bautismo educando a sus hijos en la fe y en los valores.
Un profesional puede vivirlo poniendo sus conocimientos al servicio del bien común.
Un servidor público puede vivirlo comprendiendo la autoridad como servicio.
Un comunicador puede vivirlo utilizando su voz para promover la verdad, la dignidad humana y la esperanza.
En definitiva, el bautismo nos llama a llevar el Evangelio a la vida concreta.
Una espiritualidad marcada por la entrega
Francisco de Borja fue ordenado sacerdote y desarrolló una intensa labor apostólica dentro de la Compañía de Jesús. En 1565 fue elegido tercer Superior General de los jesuitas, responsabilidad que ejerció hasta su muerte en 1572. Durante su gobierno impulsó la expansión y consolidación de la Compañía en un período importante de su historia.
La Compañía de Jesús reconoce en él a un hombre que pasó de ser un grande de España a convertirse en servidor de Dios y de la Iglesia. Su historia continúa siendo presentada como ejemplo de alguien que buscó y encontró a Dios en medio de las circunstancias concretas de su existencia.
Su espiritualidad estuvo marcada por la oración, el discernimiento, el desprendimiento y el deseo de encontrar a Dios en todas las cosas, rasgos profundamente vinculados con la tradición ignaciana.
¿Qué nos dice San Francisco de Borja sobre nuestro bautismo?
La pregunta resulta especialmente importante para nosotros.
El bautismo nos convierte en miembros de la Iglesia y nos incorpora a la misión de anunciar el Evangelio. Pero esa identidad bautismal necesita expresarse diariamente.
San Francisco de Borja nos enseña, en primer lugar, que siempre podemos comenzar de nuevo. Su vida demuestra que una persona puede descubrir una nueva dirección cuando permite que Dios transforme sus prioridades.
También nos enseña que los bienes, los cargos y las responsabilidades deben estar al servicio de la persona y del bien común. La grandeza cristiana no consiste en dominar, sino en servir.
Y nos recuerda que la conversión auténtica produce frutos concretos. No basta con tener una experiencia espiritual; esa experiencia debe reflejarse en nuestras decisiones, relaciones y compromisos.
Esta enseñanza tiene una particular resonancia en la República Dominicana. En una sociedad que necesita fortalecer la solidaridad, la responsabilidad, la honestidad, la familia y el compromiso comunitario, los cristianos estamos llamados a hacer visible nuestra fe en la vida cotidiana.
Nuestro bautismo nos compromete a ser discípulos y misioneros allí donde Dios nos ha colocado.
Una invitación a vivir con sentido
San Francisco de Borja murió el 30 de septiembre de 1572 y fue canonizado en 1670. La Iglesia conserva su memoria como la de un hombre que supo dejarse transformar por Dios y poner sus capacidades al servicio de una misión mayor.
Su vida nos deja una pregunta que sigue siendo actual: ¿qué estamos haciendo con los dones que Dios nos ha dado?
No todos estamos llamados a realizar las mismas tareas, pero todos estamos llamados a servir.
Quizás la mejor manera de celebrar su memoria sea mirar nuestra propia vida y preguntarnos si nuestras decisiones, nuestros talentos, nuestro trabajo, nuestra familia y nuestras relaciones están verdaderamente orientados hacia Dios y hacia el bien de los demás.
San Francisco de Borja nos recuerda que la santidad no consiste en huir de la realidad, sino en transformarla desde Cristo.
Cierre editorial
En este 3 de octubre, desde Aire96FM, invitamos a los hombres y mujeres de nuestra Iglesia que peregrina en la República Dominicana a contemplar el testimonio de San Francisco de Borja.
Que su ejemplo nos ayude a comprender que nuestro bautismo no es un recuerdo del pasado, sino una vocación que se renueva cada día.
Que nos enseñe a desprendernos de aquello que nos aleja de Dios, a utilizar nuestros dones para servir y a descubrir que la verdadera grandeza no está en lo que poseemos, sino en cuánto somos capaces de amar y servir.
Que San Francisco de Borja interceda por nuestras familias, por nuestros jóvenes, por quienes tienen responsabilidades públicas, por nuestros comunicadores, educadores y servidores de la Iglesia, y que ayude a todos los bautizados dominicanos a vivir con mayor fidelidad la misión recibida en las aguas del bautismo.
Porque cuando el bautismo transforma el corazón, también puede transformar la familia, la comunidad y la sociedad.
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