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Iglesia y Vaticano, Opinión

San Agustín de Hipona aún nos habla hoy 

Por Leonor Asilis · 28 de agosto de 2026

Hoy, 28 de agosto, día de su fiesta dedico estas líneas no sólo por ser un gran Doctor de la Iglesia, sino por haber evolucionado de ser un hombre inquieto, pecador, hasta llegar a ser convertido, obispo, Santo y padre espiritual de tantos no sólo de fieles de su època sino de varias posteriores a su generación entre también yo me encuentro. Les  cuento cómo sus palabras me salvaron de una crisis profunda y cómo, desde entonces, se convirtieron en compañeras diarias de mi caminar.

Todo comenzó en la universidad. Estudiaba (mi primera carrera) Administración de Empresas y, en una clase, el profesor Jorge Meléndez mencionó de pasada a San Agustín. Al final de la lección me acerqué y le pedí que me recomendara dos o tres libros. Él me  dijo: “Si disfrutas una buena lectura, no te pierdas :La Ciudad de Dios” de San Agustín”. Yo no sabía en ese entonces casi nada de él. Solo recordaba de oídas que había sido un gran santo. Pero en ese momento de mi vida yo estaba atravesando una crisis fuerte. Había dudas, conversaciones confusas, tentaciones de mirar hacia otra iglesia. Y, sin saber por qué, aquella recomendación se me quedó grabada.

Busqué el libro. No era fácil encontrarlo en aquellas librerías de entonces. Un día, por Providencia divina, fui a la biblioteca de la universidad a hacer una investigación y allí estaban las obras de San Agustín. Empecé por leer La Ciudad de Dios la que me recomendó. Abrí la primera página… y ya no pude soltarlo. Empecé a leer, a anotar en un cuaderno lo que retumbaba en mi interior. Cada cita que me impactaba la copiaba. En lugar de salir con más dudas, salía más clara, más edificada en mi fe católica. Aquellos apuntes se convirtieron años después en mi libro “San Agustín: Mis citas favoritas” (disponible de forma gratuita en Amazon)  no quería ni podía quedarme sola con lo que él me había dado. Quería compartirlo.

Déjenme contarles algunas de esas citas que se me metieron en el alma y que todavía hoy me confortan.

La primera, la que más me conmueve, es aquella de las Confesiones:  

“Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti”. 

¡Cuánta verdad! Ese vacío que a veces sentimos, esa inquietud que no se llena con nada de este mundo… . Él sabía de lo que hablaba. Había buscado en el placer, en la filosofía, en el maniqueísmo, en el éxito. Y nada bastaba. Solo cuando encontró a Cristo, el corazón se le calmó. Me parece oirlo mencionar mi nombre “Leonor, no busques afuera lo que solo está dentro, en Él”.

Otra que me conmueve el corazón es:  

:Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé. Tú estabas dentro de mí y yo afuera…” 

¡Tarde te amé! Cuántas veces hemos llegado tarde al amor de Dios. Cuántas veces Él estaba ahí y nosotros corriendo detrás de lo que El ha creado. 

Hay una frase que me ha ayudado muchísimo en animarme en la proactividad espiritual:  

“Dios, que te hizo sin ti, no te salvará sin ti”.  

Dios es el primero. Aunque todo es gracia  Él no nos salva a la fuerza. Quiere nuestra cooperación voluntaria.  Él me hizo sin consultarme, pero para salvarme me pide el “sí” de cada día. Y con su gracia, ese “sí” es posible.

Y cómo no recordar aquella máxima tan hermosa y tan malentendida:  

“Ama y haz lo que quieras”..  

No es permiso para hacer cualquier cosa. Es todo lo contrario. Cuando el amor a Dios y al prójimo es verdadero,  entonces lo que hacemos fluye de ese amor. Si amamos de verdad, no ofendemos, no destruimos. Lo que quiere decir es que  al amar hacemos lo que Dios quiere.  Esta frase me ha acompañado en las decisiones, en el servicio, en la comunicación de la fe. 

También me ha marcado profundamente su enseñanza sobre la soberbia. Agustín decía que el principio de todo pecado es la soberbia, y el principio de la soberbia es separarse de Dios. Y luego añadía algo que me desarma: “Tal vez te ruboriza imitar a un hombre humilde. Imita al menos al humilde Dios”.  

 Cuántas veces queremos ser el centro. Agustín, que fue un hombre brillante y que sabía de vanidad intelectual, nos muestra el camino de la humildad. Cristo se hizo humilde. Si Él pudo, nosotros también podemos pedir esa gracia.

Y qué decir de su amor a la Iglesia. Agustín no se quedó en una espiritualidad individualista. Él amaba a la Iglesia con pasión. Decía: “Amad a esta Iglesia, permaneced en esta Iglesia, sed vosotros esta Iglesia”. En mi crisis, estas palabras fueron decisivas. Él me ayudó a quedarme, a no irme. Porque la Iglesia no es perfecta en sus miembros, pero es el Cuerpo de Cristo, y fuera de ella se pierde la plenitud de los medios de salvación. Hoy, cuando veo tantos que se alejan, recuerdo a Agustín y le pido que interceda por ellos y por nosotros, para que amemos más a esta Madre Iglesia, la que Jesús fundó.

También me gusta mucho lo que dice sobre la amistad. Para él, la verdadera amistad solo es posible cuando está fundada en Dios. “Nadie puede ser verdadero amigo de otro si antes no es amigo de la verdad”. Y confesaba que descansaba en el amor de sus amigos porque sentía que Dios estaba presente allí. En un mundo de relaciones superficiales, Agustín nos recuerda que la amistad cristiana es un don precioso.

Cuando leí a San Agustín no solo encontré un autor. Encontré un director espiritual en la fe, alguien que había pasado por luchas interiores como  yo,  y que sin embargo fue alcanzado por la misericordia de Dios. Su vida nos dice que ningún pasado es tan oscuro que la gracia no pueda alcanzarlo. 

Por eso escribí “San Agustín: Mis citas favoritas”.  Cada cita que seleccioné fue una que, en su momento, me aclaró una duda, me consoló en una prueba o me animó a servir a Jesús. Y todavía hoy, cuando preparo un programa de Eco Católico, cuando escribo un artículo, cuando enfrento una dificultad vuelvo a esas páginas y a esas palabras.

Si por casualidad estás pasando por una crisis, si tienes dudas, si sientes que tu corazón no encuentras  paz, te invito a que ores mucho al Señor y te edifiques con su Palabra, busques un director espiritual y que también  leas a San Agustín. Empieza por las “Confesiones” O busca “La Ciudad de Dios”. Léelo despacio. Anota lo que le toque el alma. Deje que el Espíritu Santo trabaje. Porque este santo no se ha quedado en el siglo V. Sigue hablando. Sigue intercediendo. Sigue siendo, como lo llamó la Iglesia, el Doctor de la Gracia.

Y termino con una de sus oraciones que más me gusta y que hago mía y que puedes hacer tuya:

“Señor Jesús, que me conozca a mí y que te conozca a Ti.  

Que no desee otra cosa sino a Ti.  

Que me odie a mí y te ame a Ti.  

Que todo lo haga siempre por Ti.  

Que me humille y que te exalte a Ti.  

Que no piense nada más que en Ti…  

Y concédeme la gracia de gozar para siempre de Ti. Amén.

Que San Agustín de Hipona interceda por todos nosotros. Que nos ayude a amar más, a dudar menos y a descansar, por fin, en el Corazón de Cristo, Camino, Verdad y Vida.

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