Todos sabemos que en el mundo en que vivimos la realidad material nos envuelve cada día. El siglo XXI se ha encargado de promover y hacer notar que los placeres, las «libertades» de viajar, pasarla bien y comprar muchas cosas, son lo que realmente hace «feliz» al ser humano. Por eso no nos puede extrañar que los medios tecnológicos se hagan eco de vivir de propagandas comerciales de todo tipo, porque los intereses económicos son en este momento lo que está moviendo las decisiones de un gran número de personas.
El afán y el deseo de experimentar nuevas emociones son parte de las motivaciones que están conduciendo a muchas personas a vivir, porque, al parecer, la realidad material está cada vez más ocupando el centro de los seres humanos; de ahí que comida, lujos y caprichos sean la prioridad de aquellos que se olvidan de su condición espiritual. Aunque, en la práctica, es más fácil vivir atado a lo volátil que abrirse a la trascendencia de mirar un poco más allá de lo pasajero, superficial y superfluo.
Somos seres espirituales, no solamente seres materiales. El que nos creó, el autor del mundo y del universo, nos hizo con la dimensión humana y espiritual. Por tanto, inclinar nuestro ser hacia un solo lado es una decisión ingenua, confiada y apresurada. Pues la vida es un equilibrio. Ya lo dice la expresión popular: «Todo en exceso hace daño». Llevarse de los sentimientos, de las emociones momentáneas y de los deleites de la vida es una actitud infantil y poco realista…
Hay que buscar y aprender a cultivar la vida del espíritu. Hacer todo lo posible por sacar tiempo para reconocer la presencia de Dios en nuestras vidas. Darse la oportunidad de meditar y contemplarlo en su creación. También es bueno disminuir la prisa y sustituir la preocupación por la ocupación en lo que nos toca. Además, como dice el refrán: «La desesperación es parte del fracaso». Pero la vida de fe nos lleva a la calma, al sosiego y a la prudencia, ya que, a medida que vamos entrando en el camino de las realidades divinas, vamos dejándonos iluminar por el Espíritu, y cuando esto sucede, la forma de vivir, pensar y actuar se vuelve diferente: se comienza a entender el valor y el significado profundo de Dios en el corazón de todo ser humano.
En definitiva, hay que hacer un inventario personal de nuestra vida interior. Observar y tener conciencia del lugar que ocupa Dios en nuestras decisiones. Ver la frecuencia con la que nos acercamos a sus designios y enseñanzas. Porque Dios siempre estará ahí, pero es responsabilidad de cada individuo no permitir que el Creador pase delante de sus ojos y no se detenga a transformar su vida. En otras palabras, hay que hacerle espacio al Maestro de Maestros, al Señor de Señores, porque si Él está en nuestra vida, todo es luz, todo es gracia. Y tú, ¿estás cultivando tu vida espiritual?
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