Por Leonor María Asilis Elmudesi

Estamos en el mes de junio, un tiempo especial en el que el cielo parece inclinarse un poco más hacia la tierra.
Dos grandes fiestas se unen con ternura: el viernes 12 celebramos el Sagrado Corazón de Jesús y el sábado 13 el Sagrado Corazón de María.
Dos corazones que nunca van separados, porque el de María siempre descansa y late en armonía con el de su Hijo.
No nos detendremos en la historia de estas devociones. Preferimos simplemente acercarnos, con el corazón abierto y en silencio, a la belleza exquisita de estos dos Corazones que tanto nos aman.
El Sagrado Corazón de Jesús:

Hace más de tres siglos, Cristo se le apareció a Santa Margarita María de Alacoque y le transmitió una serie de revelaciones, entre ellas las 12 promesas que iba a conceder a los que se consagraran a su Sagrado Corazón.
Santa Margarita de Alacoque relató que ella estaba rezando delante del Santísimo Sacramento, cuando por primera vez el Señor le comunicó “los secretos inexplicables de su Corazón Sagrado”.
Luego, en una segunda revelación, la santa contó que Jesús le comunicó “el ardiente deseo que tenía de ser amado por los hombres y apartarlos del camino de la perdición, en el que los precipita Satanás en gran número”, y empezó a compartirle las 12 promesas que haría a sus devotos.
Santa Margarita explicó que Cristo quería que le manifestara “su Corazón a los hombres, con todos los tesoros de amor, de misericordia, de gracias, de santificación y de salvación que contiene”, para que quienes le rindan amor, honor y gloria “queden enriquecidos abundante y profusamente con los divinos tesoros del Corazón de Dios”.
Las 12 promesas del Sagrado Corazón
A continuación, compartimos las 12 promesas del Sagrado Corazón de Jesús:
1. A las almas consagradas a mi Corazón, les daré las gracias necesarias para su estado.
2. Daré la paz a las familias.
3. Las consolaré en todas sus aflicciones.
4. Seré su amparo y refugio seguro durante la vida, y principalmente en la hora de la muerte.
5. Derramaré bendiciones abundantes sobre sus empresas.
6. Los pecadores hallarán en mi Corazón la fuente y el océano infinito de la misericordia.
7. Las almas tibias se harán fervorosas.
8. Las almas fervorosas se elevarán rápidamente a gran perfección.
9. Bendeciré las casas en que la imagen de mi Sagrado Corazón esté expuesta y sea honrada.
10. Daré a los sacerdotes la gracia de mover los corazones empedernidos.
11. Las personas que propaguen esta devoción tendrán escrito su nombre en mi Corazón y jamás será borrado de él.
12. A todos los que comulguen nueve primeros viernes de mes continuos, el amor omnipotente de mi Corazón les concederá la gracia de la perseverancia final.
Intentemos ahora describirle.

Imposible medir su inmensidad. Nuestra pobre humanidad se queda corta ante tanta profundidad. Pero sí podemos conocerlo por sus obras, por todo lo que hizo y sigue haciendo por nosotros.
Jesús vino a restaurarnos. Dio su vida hasta morir en la cruz por nosotros, para expiar nuestros pecados y reconciliarnos con el Padre. Levantó lo que estaba caído. Tomó nuestra condición herida y, sobre ella, construyó un camino nuevo: el camino del amor. Con su vida nos regaló esperanza verdadera, nos enseñó el perdón que libera, la solidaridad que une, la sinceridad que limpia y la humildad que engrandece.
Lo más hermoso es que su Corazón no es una imagen lejana. Es un Corazón que late, vivo, real, palpitante. Un Corazón que nos espera. Que desea que nos acerquemos, que apoyemos nuestra cabeza cansada sobre Él y dejemos que nos reconforte. Ahí, junto a su pecho, recibimos el amor más grande que existe: un amor que no nos reprocha, que nos acoge tal como somos y nos transforma con suavidad con su divino amor.
El Sagrado Corazón de María:

Junto a Jesús, late el Corazón de su Madre. Un corazón lleno de delicadeza y fuerza al mismo tiempo. No nos perdamos, por Ella y su sí tenemos a Jesús. María vivió y vive atenta a cada deseo de Jesús. Todo su ser está orientado a complacerlo y a señalarnos el camino hacia Él.
Recordemos sus palabras en las bodas de Caná, tan breves y tan profundas:
«Haced lo que Él os diga».
Ahí está la clave de nuestra felicidad. Escuchar al Corazón de Jesús. Discernir con serenidad cuál es su plan para nosotros en cada momento. Ante cualquier duda o dificultad, una pregunta sencilla puede iluminarlo todo:
¿Qué haría Jesús en mi lugar?
El Corazón de María no descansa. Aun ahora intercede por cada uno de nosotros. Ruega por nuestra conversión, por nuestro regreso, porque nos atrevamos a acercarnos sin miedo al Corazón de su Hijo.
No hace falta grandes esfuerzos ni palabras complicadas. Basta con contemplar estos dos Corazones unidos. Mirarlos con amor y dejar que ellos nos miren a nosotros.
Al contemplarlos, algo dulce sucede en el alma: quedamos saciados de su amor y su misericordia. Nos sentimos comprendidos, acompañados y llamados a imitarlos.
Abramos nuestros corazones, para poder sentir el gran amor de estos dos Corazones.
Y que, al sentir su latido cerca del nuestro,
aprendamos también nosotros a amar.»
En este mes de junio, que nuestros días estén marcados por esta dulce cercanía. Que el Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María sean nuestro refugio, nuestra escuela y nuestra esperanza.
Que sus dos Corazones, tan unidos, nos unan también a nosotros con Dios y entre nosotros. Amén.

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