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EL SANTO DEL DÍA, Liturgia

San José de Calasanz: educar para transformar la vida y vivir nuestro compromiso bautismal

Por Domingo Vásquez · 24 de agosto de 2026

Por Aire96FM

Cada vez que la Iglesia presenta la vida de un santo, no lo hace simplemente para recordar a una persona que vivió en otro tiempo. Los santos son testigos de que el Evangelio puede hacerse vida en circunstancias concretas y, precisamente por eso, sus historias continúan interpelándonos. La memoria de San José de Calasanz, presbítero, que la Iglesia celebra cada 25 de agosto, nos coloca ante un desafío particularmente actual: educar, acompañar y servir a los más pequeños como una auténtica expresión de nuestra fe bautismal.

José de Calasanz nació en Peralta de la Sal, España, en 1557. Después de su formación y de su ordenación sacerdotal, llegó a Roma en 1592. Allí descubrió una realidad que cambiaría para siempre el rumbo de su existencia: numerosos niños pobres carecían de posibilidades para acceder a una educación adecuada.

Aquel encuentro con la pobreza infantil no fue para Calasanz simplemente una preocupación social. Se convirtió en una llamada de Dios.

En 1597, en el barrio romano del Trastévere, comenzó una experiencia educativa que posteriormente daría origen a las Escuelas Pías. La Santa Sede reconoce aquella iniciativa como la primera escuela pública popular gratuita de Europa.

Cuando la pobreza se convierte en una llamada

Uno de los aspectos más conmovedores de la vida de Calasanz es que supo leer la realidad desde el Evangelio.

En una sociedad donde la pobreza podía convertirse también en una condena a la ignorancia, él comprendió que educar significaba abrir caminos de dignidad y esperanza.

San José de Calasanz no se limitó a enseñar conocimientos. Quiso ofrecer una formación integral. Para él, la educación debía unir la cultura y la fe, lo que posteriormente se sintetizaría en la expresión “piedad y letras”.

San Juan Pablo II destacó precisamente esta intuición de Calasanz: no se trataba solamente de crear una “escuela para todos”, sino de ofrecer a los jóvenes tanto la ciencia como la sabiduría del Evangelio, ayudándolos a descubrir la presencia de Dios en sus propias vidas y en la historia.

Esta visión continúa teniendo una enorme actualidad.

En un mundo marcado por profundas transformaciones culturales, por la influencia de las redes sociales, por nuevas formas de pobreza y exclusión y por una crisis educativa que afecta a muchas familias, la propuesta calasancia nos recuerda que educar es mucho más que transmitir información: es ayudar a una persona a descubrir su dignidad, su vocación y su responsabilidad ante Dios y ante los demás.

Un sacerdote que hizo de la educación un camino de evangelización

Calasanz fue sacerdote y comprendió su ministerio como un servicio a Dios y a los seres humanos.

Su gran intuición consistió en descubrir que el mundo de la educación podía ser también un espacio privilegiado para anunciar el Evangelio.

Por eso quiso que sus escuelas ofrecieran simultáneamente formación humana y cristiana.

La educación se convirtió así en una auténtica misión evangelizadora.

San Juan Pablo II llegó a presentar a Calasanz como uno de los grandes iniciadores de la escuela católica moderna, precisamente por su preocupación por la formación integral de la persona y por su especial atención a quienes se encontraban marginados o excluidos.

Esta perspectiva resulta especialmente importante para comprender nuestro propio bautismo.

El bautismo no nos convierte en espectadores de la vida cristiana. Nos hace discípulos y miembros de una Iglesia llamada a anunciar el Evangelio y a servir.

Por eso, la vida de Calasanz nos plantea una pregunta muy concreta:

¿Qué estamos haciendo nosotros por la formación humana, espiritual y cristiana de las nuevas generaciones?

Vivir el bautismo educando

Cuando hablamos del compromiso bautismal, fácilmente podemos reducirlo a la participación en determinados actos religiosos: asistir a la Eucaristía, recibir los sacramentos, participar en una procesión o cumplir determinadas prácticas devocionales.

Todas estas expresiones pueden ser importantes, pero el bautismo exige algo más profundo.

El bautizado está llamado a convertirse en discípulo misionero.

Y ser discípulo misionero significa también poner los dones recibidos de Dios al servicio de los demás.

San José de Calasanz hizo precisamente eso.

Utilizó su preparación, su sacerdocio, su capacidad organizativa y su sensibilidad pastoral para ponerse al servicio de los niños, especialmente de los pobres.

Su vida nos recuerda que nuestro bautismo puede expresarse en un aula, en una familia, en una parroquia, en una comunidad, en una organización social, en los medios de comunicación o en cualquier lugar donde podamos ayudar a otra persona a crecer.

Una lección para las familias dominicanas

En la República Dominicana, hablar de San José de Calasanz significa también mirar con responsabilidad nuestra realidad educativa y familiar.

La educación de los niños y adolescentes no puede ser responsabilidad exclusiva de la escuela.

Es una misión compartida entre padres, madres, maestros, sacerdotes, catequistas, comunidades parroquiales y toda la sociedad.

La Iglesia tiene aquí un papel fundamental.

Una comunidad cristiana que toma en serio su bautismo no puede permanecer indiferente ante un niño que abandona la escuela, ante un adolescente que carece de orientación, ante una familia que atraviesa dificultades o ante jóvenes que buscan respuestas en ambientes que muchas veces no les ofrecen verdaderos caminos de crecimiento.

Calasanz comprendió que educar a un niño pobre era mucho más que enseñarle a leer y escribir. Era ofrecerle una oportunidad para construir un futuro diferente.

Por eso su obra sigue hablando al presente.

La pobreza de hoy también tiene nuevos rostros

La pobreza no siempre se presenta de la misma manera.

En tiempos de Calasanz estaba profundamente vinculada a la falta de recursos económicos y de acceso a la educación.

Hoy encontramos otras formas de pobreza: niños que crecen sin acompañamiento familiar, adolescentes expuestos a la violencia, jóvenes atrapados en ambientes de consumo, personas que viven en la soledad, familias que luchan por salir adelante y nuevas generaciones sometidas a una enorme cantidad de información, pero no siempre acompañadas para discernir qué es verdadero, bueno y constructivo.

En este contexto, el espíritu de Calasanz conserva una enorme fuerza.

El papa Francisco ha señalado que el carisma calasancio continúa poniendo en el centro la educación de los jóvenes, especialmente de los pequeños y pobres, y ha destacado dos elementos fundamentales de esta misión: la docilidad a la Providencia y la atención al crecimiento integral de la persona.

Esto significa que la educación cristiana no puede limitarse a formar buenos estudiantes.

Debe ayudar a formar buenas personas, buenos ciudadanos y buenos discípulos de Jesucristo.

“Piedad y letras”: una propuesta que sigue siendo actual

La expresión que resume el ideal calasancio —“piedad y letras”— puede ser comprendida hoy como una invitación a superar falsas separaciones.

No necesitamos escoger entre formación humana y formación espiritual.

No necesitamos elegir entre ciencia y fe.

No necesitamos enfrentar cultura y Evangelio.

La persona necesita una formación integral.

Una educación sin valores puede producir personas técnicamente preparadas, pero incapaces de poner sus conocimientos al servicio del bien común.

Y una vivencia religiosa que no transforme la manera de relacionarnos con los demás corre el riesgo de quedarse en una práctica externa.

Calasanz nos invita a unir ambas dimensiones.

El bautizado está llamado a servir

Quizás aquí encontramos una de las mayores enseñanzas de San José de Calasanz para nuestro tiempo.

El bautismo nos introduce en una vida nueva en Cristo, pero esa vida nueva debe traducirse en obras.

El cristiano no puede decir simplemente: “Yo tengo fe”.

La pregunta es: ¿qué estoy haciendo con esa fe?

Calasanz respondió a esa pregunta con su propia existencia.

Vio una necesidad y respondió.

Vio niños pobres y se acercó.

Vio ignorancia y ofreció educación.

Vio exclusión y abrió las puertas.

Vio una oportunidad para evangelizar y convirtió la escuela en espacio de encuentro con Dios.

Ese testimonio puede ayudarnos a revisar nuestro propio compromiso bautismal.

Una Iglesia que educa, acompaña y evangeliza

La misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo necesita recuperar con fuerza la dimensión educativa.

No solamente en las instituciones escolares, sino también en las parroquias, catequesis, familias, movimientos apostólicos, medios de comunicación y espacios digitales.

También los medios católicos tienen una responsabilidad educativa.

Desde un micrófono, una página web, una red social o un programa de radio podemos formar, informar, orientar y evangelizar.

En este sentido, la figura de Calasanz puede inspirarnos también a quienes trabajamos en la comunicación.

La comunicación cristiana no debería limitarse a transmitir noticias religiosas. Está llamada a ayudar a las personas a interpretar la realidad desde la luz del Evangelio.

Una invitación para nuestro bautismo

San José de Calasanz murió en Roma el 25 de agosto de 1648, después de haber dedicado décadas a su misión educativa y evangelizadora.

Su obra continuó creciendo a través de las Escuelas Pías y de la familia calasancia.

La Iglesia lo reconoce como patrono universal de las escuelas populares cristianas del mundo.

Pero más allá de los reconocimientos, queda su testimonio.

Calasanz nos recuerda que una vida entregada al servicio puede transformar generaciones.

Por eso, al celebrar su memoria, podríamos hacernos cinco preguntas:

¿Estoy ayudando a alguien a crecer?

¿Estoy acompañando a los niños y jóvenes que Dios ha puesto cerca de mí?

¿Estoy utilizando mis talentos para servir o solamente para mi beneficio personal?

¿Mi fe bautismal se traduce en compromiso concreto con los más necesitados?

¿Estoy ayudando a construir una sociedad donde cada persona tenga oportunidades para crecer con dignidad?

Las respuestas pueden convertirse en un verdadero examen de conciencia bautismal.

Calasanz, una voz para nuestro tiempo

San José de Calasanz comprendió que cambiar una sociedad comienza muchas veces por algo aparentemente sencillo: acompañar y educar a un niño.

Su vida demuestra que la santidad no siempre se manifiesta en acontecimientos extraordinarios. A veces comienza cuando una persona descubre una necesidad y decide responder con amor, perseverancia y fe.

Hoy necesitamos cristianos capaces de hacer lo mismo.

Necesitamos padres y madres que eduquen con paciencia.

Maestros que enseñen con vocación.

Catequistas que acompañen con alegría.

Sacerdotes que anuncien el Evangelio con cercanía.

Jóvenes que descubran que su fe tiene algo que aportar a la sociedad.

Y laicos que comprendan que el bautismo los convierte en protagonistas de la misión de la Iglesia.

San José de Calasanz nos enseña que educar es sembrar esperanza.

Y vivir nuestro bautismo significa también convertirnos en sembradores de esperanza allí donde Dios nos ha colocado.

Que su intercesión ayude a la Iglesia, y particularmente a las familias, educadores, catequistas y comunicadores cristianos, a descubrir nuevamente que cada niño y cada joven es una historia sagrada, una persona amada por Dios y una semilla de futuro.

Porque, al final, la gran pregunta que nos deja Calasanz no es solamente cuánto sabemos, sino a quién estamos ayudando a crecer con aquello que Dios nos ha dado.

Y quizá ahí encontremos una de las formas más concretas y hermosas de vivir nuestro bautismo.

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