Patrona de la Ancianidad, testigo de una Iglesia que sirve, acompaña y devuelve dignidad
Por Aire96fm
En una sociedad que avanza con rapidez, pero que muchas veces corre el riesgo de dejar atrás a quienes ya no producen, Santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars aparece como una figura profundamente actual. Su vida constituye una invitación a mirar a los ancianos no desde la lógica de la utilidad, sino desde la dignidad que posee toda persona creada por Dios.
La Iglesia celebra cada 26 de agosto la memoria de esta religiosa española, fundadora de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, una mujer que hizo de la caridad concreta el camino de su santificación y que encontró en el servicio a los más vulnerables una manera privilegiada de vivir su entrega a Cristo.
Su historia puede ayudarnos también a preguntarnos por nuestro propio bautismo: ¿qué estamos haciendo con la fe que hemos recibido? ¿Cómo se manifiesta nuestra condición de hijos de Dios en nuestra relación con los pobres, los enfermos, los ancianos y las personas que experimentan la soledad?
Una mujer formada en la fe y en el servicio
Teresa de Jesús Jornet e Ibars nació el 9 de enero de 1843 en Aitona, Lérida, España, en el seno de una familia profundamente cristiana. Fue bautizada al día siguiente de su nacimiento. Desde sus primeros años recibió una formación marcada por la fe, la vida familiar y el amor a Dios.
Estudió para maestra y ejerció la enseñanza. Aquella experiencia sería importante en su camino posterior, porque Teresa descubrió que sus capacidades podían ponerse al servicio de una misión mucho más amplia.
Su itinerario vocacional no fue lineal. Buscó discernir cuál era el proyecto que Dios tenía para ella y pasó por distintas experiencias de formación y vida espiritual. Finalmente, su camino la condujo hacia una obra que marcaría para siempre la historia de la Iglesia: la atención a los ancianos pobres y abandonados.
La propia Congregación de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados señala que Teresa recibió una responsabilidad decisiva en la consolidación de la nueva institución y que, como superiora general, la condujo con fortaleza, inteligencia y generosidad, recorriendo numerosas comunidades y formando a sus religiosas en el espíritu recibido.
Una respuesta cristiana al drama de la ancianidad
El siglo XIX presentaba numerosos desafíos sociales. Entre ellos estaba la situación de muchos ancianos que llegaban al final de su vida sin recursos, sin familia o sin un lugar donde pudieran recibir atención y cariño.
Teresa Jornet comprendió que aquella realidad no podía ser indiferente para un cristiano.
Junto con el venerable Saturnino López Novoa, participó en la fundación de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados en 1873. La misión de la Congregación quedó centrada en acoger a los ancianos más vulnerables y atender sus necesidades materiales, afectivas y espirituales.
No se trataba simplemente de crear instituciones asistenciales. Había una convicción profundamente evangélica: servir a una persona anciana era servir al mismo Cristo.
Esta perspectiva explica la extraordinaria expansión de la obra. A lo largo de su vida, Teresa impulsó la creación de numerosos hogares para ancianos necesitados. Su labor apostólica se desarrolló en medio de dificultades, limitaciones económicas y problemas de salud, pero siempre sostenida por una profunda confianza en Dios.
“Cuidar los cuerpos para salvar las almas”
Una de las claves para comprender el pensamiento de Santa Teresa Jornet es que nunca separó la atención material de la dimensión espiritual de la persona.
La Congregación que fundó resume su misión en la acogida de los ancianos más vulnerables dentro de un ambiente de familia, atendiendo sus necesidades materiales, afectivas y espirituales. Entre sus valores permanece una expresión atribuida a la espiritualidad de la fundadora: “Cuidar los cuerpos para salvar las almas”.
Aquí encontramos una enseñanza fundamental para los cristianos de nuestro tiempo.
La fe no puede quedarse encerrada en el templo.
El bautizado participa de la misión de Cristo y está llamado a llevar el Evangelio a las situaciones concretas de la vida. Por eso, visitar a un anciano que vive solo, acompañar a un enfermo, ayudar a una familia necesitada, escuchar a una persona que sufre o simplemente dedicar tiempo a quien siente que ya nadie se interesa por ella también puede convertirse en una auténtica experiencia evangelizadora.
Santa Teresa Jornet entendió que la evangelización comienza muchas veces con un gesto sencillo: hacer sentir al otro que es amado, que tiene dignidad y que no está solo.
El bautismo vivido como servicio
El bautismo nos incorpora a Cristo y nos hace miembros de su Iglesia. Pero esa pertenencia no puede reducirse a una inscripción sacramental o a una costumbre religiosa.
El bautismo reclama una vida nueva.
Santa Teresa Jornet nos recuerda que esa vida nueva se expresa en la caridad. Su existencia puede leerse como una respuesta concreta al Evangelio de Jesús, especialmente a aquellas palabras en las que el Señor se identifica con los pequeños, los necesitados y los que sufren.
Su testimonio plantea una pregunta incómoda pero necesaria: ¿de qué sirve nuestra fe si somos incapaces de reconocer a Cristo en la persona que necesita nuestra ayuda?
El cristiano bautizado está llamado a pasar de la celebración a la misión, del templo a la calle, de la oración a la caridad y de la palabra al testimonio.
Teresa no hizo grandes discursos para demostrar su fe. Su vida habló.
Una santa que defendió la dignidad de los ancianos
La actualidad de Santa Teresa Jornet se comprende especialmente cuando observamos los desafíos que enfrenta hoy la población envejeciente.
La soledad, el abandono familiar, la pobreza, las enfermedades crónicas y la falta de acompañamiento siguen afectando a numerosos adultos mayores.
En este contexto, el testimonio de Teresa adquiere una fuerza profética.
Durante la homilía de canonización, el papa Pablo VI destacó precisamente esta dimensión de su obra. Señaló que la misión de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados recordaba al mundo la dimensión sagrada de la vida humana y advertía contra una visión de la persona basada únicamente en la utilidad o en la productividad.
Es un mensaje que conserva una enorme actualidad.
Una sociedad que mide a las personas únicamente por lo que producen termina considerando descartables a quienes han envejecido, enfermado o perdido determinadas capacidades.
El Evangelio propone otra mirada.
Para Dios, cada persona posee una dignidad que no depende de su edad, de su salud, de sus ingresos ni de su capacidad de producir.
“Cuiden con interés y esmero a los ancianos”
Poco antes de morir, Santa Teresa dejó a sus religiosas un mensaje que sintetiza admirablemente su espiritualidad: “Cuiden con interés y esmero a los ancianos; ténganse mucha caridad, y observen las Constituciones; en esto está su santificación”.
Estas palabras pueden ser escuchadas hoy por toda la Iglesia.
No solamente por las religiosas que continúan su obra.
También por las familias.
Por las parroquias.
Por los movimientos apostólicos.
Por los jóvenes.
Por los agentes de pastoral.
Por cada bautizado.
Porque cuidar a los ancianos no es solamente una responsabilidad social. Es también una expresión de la caridad cristiana.
En la familia, significa recuperar el valor de la gratitud hacia quienes entregaron buena parte de su vida por sus hijos y nietos.
En la parroquia, significa preguntarnos si nuestros adultos mayores están verdaderamente integrados en la comunidad.
En la sociedad, significa promover políticas y estructuras que protejan su dignidad.
Y en la vida personal, significa aprender a regalar algo que hoy parece escaso: tiempo.
Una Iglesia que acompaña hasta el final
La vida de Santa Teresa Jornet también nos recuerda que evangelizar no significa únicamente hablar de Dios.
Evangelizar es hacer presente el amor de Dios.
Hay personas que quizá no necesitan primero una explicación teológica, sino alguien que se siente junto a ellas.
Hay ancianos que necesitan ser escuchados.
Hay enfermos que necesitan una mano amiga.
Hay familias que necesitan orientación.
Hay personas que viven solas y necesitan recuperar la certeza de que todavía son importantes para alguien.
La caridad cristiana no elimina la proclamación del Evangelio; la hace creíble.
Pablo VI lo expresó con fuerza al canonizar a Teresa Jornet. Para el pontífice, su espiritualidad estaba marcada por el servicio y la entrega a los demás, especialmente a los ancianos desamparados.
Santa Teresa Jornet y la realidad dominicana
El testimonio de esta santa tiene también mucho que decirnos en la República Dominicana.
Nuestro país posee una fuerte tradición familiar y religiosa, pero también enfrenta los desafíos propios de una sociedad que envejece y en la que muchas familias viven situaciones de separación, migración, precariedad económica o dificultades para acompañar adecuadamente a sus adultos mayores.
La pastoral de la ancianidad no debería ser considerada una tarea secundaria.
Las parroquias pueden preguntarse: ¿cuántos ancianos viven solos en nuestro territorio? ¿Cuántos necesitan ser visitados? ¿Cuántos dejaron de participar en la comunidad porque ya no pueden trasladarse? ¿Cuántos necesitan simplemente que alguien los escuche?
Estas preguntas pueden convertirse en un verdadero programa pastoral.
La celebración de Santa Teresa Jornet podría ser una oportunidad para impulsar en nuestras comunidades visitas a los enfermos y ancianos, campañas de solidaridad, acompañamiento a personas que viven solas y espacios donde los adultos mayores puedan sentirse miembros activos de la Iglesia.
Porque ellos no son únicamente destinatarios de nuestra pastoral.
Son también protagonistas de la vida de la Iglesia.
La santidad también se construye en lo cotidiano
Santa Teresa Jornet no buscó protagonismo.
Su espiritualidad estuvo marcada por la sencillez, la humildad, el trabajo y la confianza en la Providencia. El papa Pablo VI destacó durante su canonización cómo una mujer aparentemente sencilla pudo dejar una huella profunda en la Iglesia y en la sociedad.
Aquí aparece otra gran enseñanza para los bautizados.
No todos estamos llamados a fundar una congregación religiosa.
No todos viajaremos por numerosos países.
No todos tendremos responsabilidades importantes dentro de la Iglesia.
Pero todos podemos amar.
Todos podemos servir.
Todos podemos acompañar.
Todos podemos visitar.
Todos podemos perdonar.
Todos podemos escuchar.
Todos podemos defender la dignidad de una persona.
Y allí, precisamente allí, puede comenzar nuestra santidad.
Una pregunta para los bautizados de hoy
La vida de Santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars nos coloca frente a una pregunta que no podemos esquivar:
¿Cómo estoy viviendo mi bautismo?
Quizá hemos recibido los sacramentos, participamos de la Eucaristía y rezamos con frecuencia. Todo ello es fundamental.
Pero el bautismo también nos convierte en discípulos misioneros.
Nos llama a salir de nosotros mismos.
Nos invita a descubrir el rostro de Cristo en aquellos que muchas veces pasan inadvertidos.
Santa Teresa encontró ese rostro en los ancianos pobres y abandonados.
Nosotros estamos llamados a descubrirlo en las personas que Dios coloca diariamente en nuestro camino.
Una santidad que sigue hablando
Santa Teresa de Jesús Jornet murió en Liria, Valencia, el 26 de agosto de 1897. Fue beatificada por Pío XII el 27 de abril de 1958 y canonizada por Pablo VI el 27 de enero de 1974. En 1977 fue proclamada patrona de la ancianidad.
Su obra, sin embargo, no terminó con su muerte.
La Congregación que nació de aquella pequeña semilla continúa dedicada al cuidado de los ancianos vulnerables, procurando atender no solamente sus necesidades materiales, sino también las afectivas y espirituales.
Ese es quizás uno de los mayores argumentos de la santidad: una vida entregada a Dios continúa produciendo frutos mucho después de que quien la vivió ha partido de este mundo.
Santa Teresa Jornet nos enseña que la fe puede hacerse hogar.
Que la oración puede hacerse servicio.
Que la caridad puede hacerse institución.
Y que el bautismo puede convertirse en una existencia completamente entregada.
El desafío para nuestra Iglesia
Al celebrar su memoria, el desafío no consiste simplemente en admirar a Santa Teresa Jornet.
Consiste en imitarla.
Que nuestras parroquias sean hogares donde los ancianos se sientan queridos.
Que nuestras familias recuperen el valor de la gratitud.
Que nuestros jóvenes descubran que acompañar a una persona mayor también puede ser una experiencia profundamente humana y cristiana.
Que nuestros agentes pastorales comprendan que la ancianidad necesita una atención integral.
Y que cada bautizado pueda preguntarse qué gesto concreto de amor puede realizar hoy por alguien que necesita compañía.
Porque quizá la evangelización que estamos buscando no comienza con una gran estrategia.
Quizá comienza con una visita.
Con una llamada telefónica.
Con una silla acercada al lado de una persona sola.
Con una comida compartida.
Con una oración junto a un enfermo.
Con un “¿cómo estás?” pronunciado de verdad.
Santa Teresa Jornet entendió que allí donde existe una persona vulnerable existe una oportunidad para que el Evangelio se haga vida.
Y esa es una lección que sigue interpelando a la Iglesia de hoy.
Vivir nuestro bautismo con Teresa Jornet
La vida de Santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars nos recuerda finalmente que ser bautizados significa pertenecer a Cristo y vivir para los demás.
Su camino hacia la santidad pasó por el servicio silencioso, la entrega cotidiana y la defensa de quienes podían ser considerados inútiles por una sociedad centrada en la productividad.
Ella eligió otro camino: el camino del Evangelio.
Por eso, su figura sigue siendo una luz para nuestro tiempo.
En una cultura que necesita recuperar el valor de la persona, Santa Teresa Jornet proclama con su propia vida que nadie sobra.
En una sociedad que combate la soledad, ella nos enseña a acompañar.
En una Iglesia llamada a evangelizar, nos recuerda que la caridad abre caminos para anunciar a Cristo.
Y a los bautizados nos deja una tarea sencilla y exigente:
hacer de nuestra fe un servicio y de nuestro servicio un testimonio del amor de Dios.
Ese puede ser hoy nuestro mejor homenaje a Santa Teresa Jornet.
No solamente recordarla.
Vivir como ella: con Dios en el corazón, con la eternidad en la mirada y con las manos dispuestas a servir.
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