Wilkin Castillo. San Juan de la Maguana
Hoy reflexionamos en torno al Evangelio de San Mateo, en el marco del Domingo Vigesimosegundo del Tiempo Ordinario. Siempre es un privilegio y una bendición profundizar en torno a la palabra de Dios, aquella misma palabra que nos libera, nos salva y nos ilumina en el caminar hacia el encuentro con Dios.
El profeta Jeremías en la primera lectura expresa su experiencia de Dios, cómo éste conquista su corazón al llamarlo. Pero a la vez siente gran tristeza al recibir el rechazo de los suyos, tanto así que llegó a dudar si valía la pena seguir hablando de Dios, pero en ese mismo tenor la palabra de Dios lo quemaba por dentro y no podía callar.
San Pablo en la segunda lectura nos anima a presentarnos frente a Dios tal cual somos, cuidando no contaminarnos con las cosas mundanas, enfatizando en el Evangelio que de nada sirve ganarnos el mundo entero si nos perdemos nosotros mismos. Ante todo, nos anima a que podamos reflexionar buscando siempre discernir la voluntad de Dios en nosotros.
El Evangelio es todo un manjar y contiene u significado teológico profundo encontramos que: En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Jesús hace un retrato muy gráfico de lo que tiene ver con su pasión y muerte.
Aquí Jerusalén se convierte en lugar de muerte y paradójicamente será más tarde también lugar de resurrección. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: “¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.” Pedro movido por el amor y la compasión empieza a sentir de manera prematura el dolor y la pasión de forma adelantada, expresa que eso no puede ser posible y la angustia lo arropa de pie a cabeza. Jesús se volvió y dijo a Pedro: “Quítate de mí vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.”
La reacción del Maestro ante la postura de Pedro no se hace esperar, empieza Jesús a reprender a Pedro y al mismo tiempo sus palabras, haciéndole ver que lo que Pedro está diciendo no viene del Espíritu, sino más bien de la carne y le pide sin más que se aparte de Él. Entonces dijo Jesús a sus discípulos: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.” Se vuelca Jesús y se dirige a todos los discípulos, aprovechando la actitud de Pedro y le dice, que para ser su discípulo es necesario experimentar una negación total, una entrega sin reservas y una obediencia capaz de cargar la cruz de cada día. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará.
Es un lenguaje inverso el que Jesús usa cuando le da el frente a sus amigos los discípulos, el que se guarda se pierde, el que se niegue al mundo y sus pasiones entonces se salvara, sin dudas un lenguaje finísimo el que usa Jesús para abordar la realidad de la salvación.
¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.
finalmente hace Jesús su último enfoque para aclarar a todos los presentes que es una pérdida de tiempo y la inversión más estúpida ganar el mundo y sus placeres, implícitamente les deja bien claro que es necesario tener los pies bien puestos sobre la tierra, pero más importante aún es mantener la mirada fija al cielo y esperarlo todo de Dios, aquel que triplica con mucho su amor misericordioso para quienes les amamos y para quienes les escuchamos.
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