San Juan de la Maguana

Continuamos este recorrido hermoso e interesante de profundizar en torno a la palabra de Dios. Hoy corresponde el Domingo Decimoctavo (XVIII) del Tiempo Ordinario.
Si nos fijamos, la Carta de San Pablo a los Romanos empieza con una pregunta fundamental: ¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?
Es bueno que nos concienticemos de que todas estas realidades en un momento determinado de la vida pueden tocarnos a cualquiera de nosotros, pero el secreto está en la actitud, manejo, resiliencia y en la capacidad que cada uno de nosotros tiene para manejarnos, siempre iluminados por nuestra fe y creencia fiel al Dios Todopoderoso.
El salmo, por su parte, en el estribillo nos dice: “Abres tú la mano, Señor, y nos sacias de favores.” Este estribillo es una especie de súplica, pero no deja de tener implícitamente una participación directa de parte nuestra, ya que solo tienen fuerza en la voz para pedirle a Dios aquellos que antes han sido fieles y obedientes a sus leyes y mandatos.
El Evangelio es todo un tesoro; el hagiógrafo nos enfatiza con claridad y firmeza que cuando Jesús llega a enterarse de la muerte de Juan el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Por lo visto a Jesús le impactó mucho la muerte de Juan, ya que después de la muerte de él se va a un lugar tranquilo y apartado. Cuántas veces tú y yo hemos elegido apartarnos, silenciarnos exteriormente e introducirnos en una especie de introspección voluntaria y consciente, con el único objetivo de analizar mis propios pensamientos, emociones y estado de ánimo ante un acontecimiento o situación personal por la cual estoy pasando.
Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar, vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. Extraordinario poder de convocatoria el que galardonaba la persona de Jesús para provocar que tanta gente lo siguiera. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: “Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer.” Por la expresión puntual de los discípulos, muestran preocupación por la situación por la que estaban pasando todos aquellos que escuchaban y seguían al Maestro.
Jesús les replicó: “No hace falta que vayan, denles ustedes de comer.” Hoy también hay hambre y necesidad, son muchos millones de personas que pasan hambre ante la mirada indolente, fría y apática de aquellos que antes de enfrentar la hambruna, enfrentan con armas, misiles y drones de guerra a millones de personas indefensas por demás para destruirlas y matarlas, incluso en nombre de Dios.
Ellos le replicaron: “Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.” Es la actitud al inicio negativa de los amigos de Jesús, pero que más tarde se convierte en solución real de la problemática planteada. Pero no son capaces de ver en ese momento lo que tienen y dar gracias por ello; antes viene la queja, la duda de ver lo poquito que tenían: “solo tenemos cinco panes y dos peces.”
Les dijo: “Tráiganmelos.” Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Podemos ver la fuerza que tiene en la tradición bíblica y cristiana el alzar la mirada al cielo y ponernos de rodillas ante Dios; sin duda es la oración más perfecta, ya que es decir sin palabras, pero con gestos puntuales: yo no puedo, pero puedes Tú. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.
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