Por Leonor María Asilis Elmudesi

Desde los Padres de la Iglesia, la barca de Pedro es la metáfora preferida para describir a la Iglesia.
La barca en esta metáfora representa la Iglesia, y los vientos en contra son los contratiempos. Quienes me conocen saben lo mucho que me encanta
San Agustín, Doctor de la Iglesia quien en su Sermón 75 expone con magistralidad lo siguiente:
“La barca lleva a los apóstoles y lleva a Cristo. Cristo duerme, pero está presente. Despierta a Cristo con tu fe y verás que las olas se calman.”
Obviamente que la barca no es un crucero de lujo, sino más bien una barca de pescadores, con remos cansados y tripulantes que discuten (cf. Mc 4,35-41). Y, sin embargo, navega. Porque Cristo está en ella, aunque duerma.
¿Por qué podemos afirmar que la barca no se hunde? Cristo duerme, pero no abandona.
La presencia real de Cristo en la Eucaristía, en el sucesor de Pedro y en la Tradición constituye su gran aval. Además, recordemos que la Iglesia es Santa por su Fundador, aunque pecadora en sus miembros (LG 8).
Las olas purifican.
San Juan de la Cruz dijo: *“Las pruebas son el crisol donde se purifica el amor”.
¿Qué debemos hacer cuando la barca se sacude?
1. Confiar en Jesús quien conduce la barca.
“Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,68).
2. Despertar a Cristo con nuestras oraciones.
3. Remar juntos.
4. *Reparar las redes rotas*
Recordemos que El demonio divide; y el Espíritu Santo nos une.
5. Mirar al horizonte sabiendo que la barca no va a la deriva, va a la Patria Celestial.
No olvidemos que la barca de Pedro lleva poco más de 2000 años navegando y ha soportado
Emperadores que arrojaban a sus discípulos a los leones,
Teólogos que la llenaban de herejías, Pastores que la dirigían mal y sigue a flote.
Porque Cristo no duerme para siempre.
Y dado que nosotros somos la tripulación nuestra fe es el viento que hincha las velas.
La barca sigue navegando. Permanece en la barca. ¡Si aún no has subido, súbete!
Rema. Rememos.
Ora. Oremos. Alabemos a Dios todopoderoso.
Y cuando veamos olas, recordemos:
“Ánimo, soy yo, no teman” (Mt 14,27).
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