Por Leonor María Asilis Elmudesi

En este inicio de 2026, deseo para todos un año lleno de fe y confianza en el Señor, paz, amor, prosperidad y esperanza. Que este nuevo ciclo nos brinde oportunidades para crecer y fortalecernos en nuestra fe, así como para compartir bondad y alegría con quienes nos rodean.
Se acerca el 6 de enero en que celebramos la Fiesta de la Epifanía (Los Reyes Magos de Oriente), nos invita a meditar sobre su profundo significado.
Epifanía es un término griego que se traduce como “manifestación”. Celebraremos el hecho histórico en que los Reyes Magos de Oriente, guiados por la extraordinaria luminosidad de una estrella, llegaron a Belén a adorar y postrarse ante el Niño Jesús, Salvador del mundo.
Los grandes padres latinos, como San Agustín, san León y San Gregorio, se sintieron fascinados por estas figuras tan peculiares. No mostraron curiosidad por conocer quiénes eran o de dónde venían, ni tuvieron interés en tejer leyendas a su alrededor. Su verdadera preocupación radicaba en determinar lo que representaban y su función simbólica. Estos Reyes del Oriente representan a las naciones del mundo y simbolizan la vocación de todos los hombres hacia la única Iglesia de Cristo. Así se entiende la universalidad de esta fiesta: Dios deja de manifestarse solo a una raza o a un pueblo privilegiado, y se da a conocer a todo el mundo. La buena noticia de la salvación es comunicada a todos, pues el amor de Dios abraza a cada uno de nosotros.
Otro detalle importante que nos llama la atención es que, una vez que llegaron, adoraron al Señor y le ofrecieron regalos, y regresaron por otro camino, que debemos interpretar como su conversión y abandono de la magia.
Veamos un fragmento del Sermón 222 de san Agustín, que profundiza en esta reflexión. Nos dice cómo el Niño Dios libró a estos Reyes Magos: “Habiendo venido a destruir en todo el orbe, con la espada espiritual, el reino del diablo, Cristo, siendo aún niño, arrebató estos primeros despojos a la dominación de la idolatría. Apartó de la peste de tal superstición a los magos que se habían puesto en movimiento para adorarlo, y, sin poder hablar todavía en la tierra con la lengua, habló desde el cielo mediante la estrella y mostró no con la voz de la carne, sino con el poder de la Palabra, quién era, de dónde y por quiénes había venido”.
También para nosotros proclamaron los cielos la gloria de Dios; también a nosotros nos conduce a adorar a Cristo y servirle como lo que es: el Rey de Reyes.
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