Por P. Wilkin Castillo, San Juan de la Maguana

Nos encontramos justo celebrando el IV Domingo del Tiempo Ordinario, es una bendición y un privilegio poder reflexionar y profundizar en torno a la palabra de Dios, ya que la misma es viva y cortante como espada de doble filo. El domingo pasado el Papa Francisco nos invitaba a valorar dicha palabra, en donde él mismo declaró el III Domingo del Tiempo Ordinario como el domingo de la palabra de Dios.
En esta ocasión me apoyo en un material que recibí en el retiro sacerdotal en octubre del año 2021 en Jarabacoa, dirigido por Mons. Raúl Berzosa, para ofrecerle esta reflexión.
Nos dice el Evangelio que, en aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles: “Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”.
Los pobres en el espíritu son aquellos que se “dejan amar por Dios”, los que dejan que Dios entre en su vida y la cambie por entero, hasta que tus ojos sean sus ojos, tu corazón su corazón y tus manos sus manos. No es pobre: quien vive descentrado, disperso, o centrado sólo en sí mismo. Quien experimenta un divorcio entre lo que cree y lo que vive, actuando “como si Dios no existiera”.
“Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados”.
Los que lloran son “los que sufren por las mismas cosas que sufre Dios”, porque ven con los ojos de Dios y sienten con el corazón de Dios.
No llora: quien se muestra siempre como crítico y juez de todo y de todos, el “soberbio y el egocéntrico: el que cree que todo tiene que girar en torno suyo”.
“Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados”.
Los que tienen hambre, son aquellos que tienen el deseo “de hacer realidad la vida santa que se vive en Dios mismo”: Los que fomentan la Vida, el Amor, y la Comunión que es la esencia de la Trinidad. No tienen hambre y sed de la justicia de Dios: los que viven con tibieza o mediocridad, los instalados o resignados, los cobardes y quienes no dan la cara por el Amor, por la Vida en todas sus manifestaciones o por la comunión y unidad entre los hombres.
“Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”.
Los misericordiosos son “los que tienen útero materno”: los que acogen a todos, los que valoran a los demás “no desde ellos”, sino desde la gratuidad y el amor de ágape, desde la donación y sin esperar recompensa. No es misericordioso: el que muestra acepción de personas, el envidioso o celoso, el que no es capaz de perdonar ni de dar una nueva oportunidad a los demás. El que siempre va diciendo “perdono, pero no olvido”.
“Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”.
Los limpios de corazón son “los transparentes, lo que no tienen dobleces”: los que se dejan trabajar por Él y “viven al día y en comunión” con Dios, con los demás y con ellos mismos. No es limpio de corazón el hipócrita o falso, el que va por la vida con caretas, el que valora de los demás por lo exterior y por el “tener”, el que no es limpio ni puro en el trato con las personas.
“Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios”.
Los que trabajan por la paz son “los que viven la armonía con ellos, con los demás, y con Dios”: Los que experimentan la comunión y la paz profunda; y siembran la comunión y la paz en todos los ámbitos en los que se desenvuelven. No son pacíficos: Los agresivos, los que buscan la división, los que sólo miden a los demás por su provecho personal y por sus beneficios, los que se dejan amargar por los problemas de la vida.
“Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos”.
Los perseguidos por causa de la justicia, son todos aquellos que se han convertido en signo de contradicción, los que viven contracorriente, porque experimentan que “tener la verdad es comenzar a sufrir; defender la verdad es comenzar a morir”. Pero bendita muerte que es sólo vida para siempre en Él.
Bienaventurados los mansos, “los humildes”, los que se reconocen que son criaturas, barro, “humus”.
Dichosos ustedes cuando los insulten y los persigan y los calumnien de cualquier modo por mi causa. Estén alegres y contentos, porque su recompensa será grande en el cielo”.
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