Por P. Wilkin Castillo, San Juan de la Maguana

Estamos celebrando el Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario y sin dudas es una oportunidad de luz que Dios nos regala para que nos acerquemos a la Iglesia y compartamos como hermanos y podamos crecer en la fe y en la confianza en Él. Tomando como punto de partida el libro del Profeta Sofonías se nos hace una invitación muy personal y directa para que busquemos al Señor, buscarle a Él es buscar su justicia, su amor, su sabiduría, todas estas acciones y deseos garantizan una vida plena, llena de luz y marcada por la felicidad verdadera.
El estribillo del salmo nos confirma la promesa divina que Dios otorga a sus fieles y elegidos al decirnos: “Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”. Recordemos que ser pobres en el espíritu es ser rico de Dios, quien es rico de Dios no le hace falta nada, en Dios todo lo tiene y todo lo puede.
San Pablo por su parte en la segunda lectura de la Primera Carta a los Corintios nos despierta con una advertencia muy puntual y real, sostiene que en nuestra asamblea y comunidades cristianas no hay en ellas muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso.
Aquí se cumple el dicho: “Lo imposible para los hombres es posible para Dios.”
Es por esta razón que hay realidades que se manifiestan ante nuestros ojos y por mucho que intentemos entenderlas no logramos comprenderlas. Todo esto nos invita a ser cada día más humildes y dependientes de Dios, así nadie puede gloriarse en presencia del Señor y el que se gloríe, que se gloríe en el Señor.
El evangelio el hecho de Jesús subir al monte, tiene un significado profundo, el monte es un lugar de encuentro con Dios. Allí Jesús se sienta como maestro y se pone a enseñar. Lo que el Maestro enseña no es una ley fría, sino más bien unas palabras transformadoras, Jesús no llama felices a los poderosos, a los que dominan o acumulan, sino a quienes el mundo suele considerar perdedores.
Cuando Jesús habla de pobres en el espíritu se refiere a quienes reconocen que necesitan a Dios, que no se bastan a sí mismos. El pobre de espíritu vive con las manos abiertas y confiando.
Jesús no glorifica el dolor, pero nos revela que Dios no es indiferente al sufrimiento humano. El llanto que nace de la pérdida, de la injusticia, del amor herido, no queda sin respuesta.
“Felices los mansos”. Pero el manso es quien elige no responder al mal con más mal, quien confía en que Dios es el verdadero defensor. La mansedumbre es la fuerza del amor que no necesita gritar.
“Felices los que tienen hambre y sed de justicia”. Esta hambre no se sacia con comodidad. Es la inquietud del corazón que no se resigna ante la injusticia, que trabaja, ora y se compromete.
“Felices los misericordiosos”. La misericordia no es debilidad, es la forma más alta del amor. Quien perdona, quien comprende, quien vuelve a empezar con el otro, se parece a Dios.
“Felices los limpios de corazón”. El corazón limpio no es el que nunca falla, sino el que no vive dividido, el que busca a Dios con sinceridad. “Felices los que trabajan por la paz”. No los que evitan conflictos, sino los que se comprometen a sanar heridas, a tender puentes, a reconciliar.
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