Ángel Gomera: angelgomera@gmail.com*

Cuando la indiferencia ciudadana se mezcla con la indiferencia estatal, el resultado es un Estado que se encoge y una sociedad que se aturde en la oscuridad. En ese vacío crecen las turbas, la impunidad y la “ley del más fuerte”. Y lo más peligroso: empezamos a verlo como normal, es decir a validar el vicio.
No hay neutralidad frente al deterioro cívico. Guardar silencio ante el abuso, mirar hacia otro lado ante la injusticia y resignarse ante la violencia no es prudencia, es una forma de tolerancia social a la ilegalidad. La dignidad humana y la convivencia se protegen con denuncia, prevención y un régimen de consecuencias que se cumpla.
La falsa idea de que la norma es opcional
Se está consolidando una idea peligrosa: que las reglas son negociables y que quien intimida o agrede impone su voluntad. Esa cultura de irrespeto a la autoridad legítima se alimenta de una realidad conocida, la ausencia de un régimen de consecuencias consistente. Sin sanciones efectivas, la arbitrariedad se normaliza y la convivencia ciudadana se deteriora.
La inseguridad vial ya no es solo una estadística es un riesgo cotidiano mortal. A la elevada tasa de accidentes se suma un fenómeno especialmente preocupante: las turbas viales. Grupos que, además de infringir la ley abiertamente, reaccionan de manera colectiva y violenta ante incidentes menores: persiguen, saquean, acorralan, destruyen propiedad, agreden y, en el peor de los casos, provocan muertes. Ninguna sociedad puede aceptar eso como parte “normal” del tránsito.
Que nadie se engañe, no son “hechos aislados”. Están escalando peligrosamente. El caso de Santiago de los Caballeros, donde una turba de motoristas atacó y asesinó a un chofer de un camión recolector de desechos sólidos, encendió indignación, sí, pero la indignación sin acción se evapora. Lo peor sería normalizar la idea de que vivimos en tierra de nadie. Eso tiene nombre: anomia social. El sociólogo y filósofo francés Émile Durkheim lo describió como la falta de regulación normativa que rompe la cohesión y empuja a los individuos a actuar por cuenta propia, desconectados de las reglas compartidas.
De lo vial al terreno: la inacción es ilegalidad
La lógica es la misma, solo cambia el escenario. Si una turba puede imponer su fuerza en la vía pública, ¿por qué no habría de imponerse también sobre un terreno ajeno o sobre un área protegida? Las invasiones sean contra lo estatal o contra la propiedad privada envían el mensaje más devastador posible: la ilegalidad paga.
Estas conductas rompen la norma y los valores compartidos. Generan inseguridad jurídica, conflictos sociales y desconfianza en las instituciones. Y, peor aún, van instalando una cultura donde el atropello se justifica como “necesidad” o como “respuesta”. Pero la violencia nunca construye legitimidad. Hannah Arendt lo advirtió con claridad: “siempre es posible justificar la violencia, pero eso no la hace legítima”.
Ante turbas viales e invasiones de terrenos, la inacción del Estado no es un asunto menor: comunica tolerancia a la ilegalidad. Esa señal debilita la autoridad pública, erosiona la confianza en las instituciones y termina incentivando respuestas por cuenta propia. Cuando el derecho no se hace valer, el desorden se expande y la conflictividad aumenta.
¿Qué debe hacerse? legalidad, prevención y consecuencias
La respuesta no puede limitarse a comunicados, operativos esporádicos y olvido legal. La ley debe aplicarse con igualdad y firmeza, sin privilegios ni discrecionalidad. Eso implica, como mínimo:
-Respuesta oportuna y coordinación interinstitucional ante agresiones colectivas;
-Investigación, identificación y judicialización efectiva de quienes agreden, destrozan o causan muertes;
-Fortalecimiento del control y la fiscalización del tránsito, con sanciones que se cumplan;
-Educación y concienciación vial, que involucre el desarrollo de una cultura ética de respeto por la vida propia y ajena.
-Desalojo conforme al derecho y sanción a invasores de terrenos y áreas protegidas, con medidas de restauración cuando corresponda. Sin consecuencias verificables, la norma pierde sentido; y con ello, el Estado de derecho se debilita.
Toda omisión de autoridades y de ciudadanos debilita el Estado de derecho y abre paso a la arbitrariedad. No se trata de mano firme por capricho; se trata de defender el derecho básico a circular sin miedo y a vivir sin que una turba decida tu suerte. Cuando el Estado no protege, empuja a la gente a buscar “protección” fuera de la ley. Y ahí empieza el abismo.
Que quede claro: la libertad no es impunidad. La verdadera libertad no consiste en evadir leyes, sino en confiar en un sistema justo donde todos, sin excepción, estén sujetos a las mismas reglas. El “dejar hacer, dejar pasar” frente a la violación de la ley es una invitación a la violencia. No seamos indiferentes ante las turbas viales ni ante las invasiones de terrenos y áreas protegidas. Exijamos consecuencias, con serenidad y firmeza.
Finalmente, en resumen, si el país acepta que una turba controle la vía pública o que la ilegalidad se adueñe de terrenos y áreas protegidas, entonces renuncia, en la práctica, a la autoridad de la ley. La indiferencia ciudadana o institucional no es neutral: crea espacio para el abuso y encarece la paz social. El Estado tiene el deber de prevenir, intervenir y sancionar; y la ciudadanía, el deber de exigir y respaldarlo por las vías legales. La convivencia no se sostiene con resignación, sino con normas claras y consecuencias reales.
*El Autor es abogado.
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