Por P. Domingo Vásquez Morales: dvasquezmorales@gmail.com

La violencia se ha convertido en una de las principales preocupaciones de la sociedad dominicana. Cada día vemos cómo los medios de comunicación reportan hechos que reflejan una realidad inquietante: conflictos familiares que terminan en tragedias, discusiones entre ciudadanos que escalan hasta la agresión física, feminicidios, actos delictivos y una creciente intolerancia que parece ganar terreno en distintos espacios de la vida nacional.
Detrás de cada noticia hay una historia humana. Hay niños que quedan huérfanos, familias que viven el dolor de una pérdida irreparable y comunidades que ven afectada su tranquilidad. La violencia no solo arrebata vidas; también destruye sueños, debilita la confianza entre las personas y erosiona los valores que sostienen la convivencia social.
La República Dominicana ha sido históricamente reconocida por la alegría de su gente, su hospitalidad y su profundo sentido de solidaridad. Sin embargo, los acontecimientos que se registran con frecuencia nos obligan a preguntarnos qué está ocurriendo en nuestra sociedad, qué nos está pasando. ¿Por qué parece haberse debilitado la capacidad de dialogar? ¿Por qué algunas personas recurren con tanta facilidad a la agresión para resolver diferencias? ¿Qué estamos dejando de hacer como familias, instituciones y ciudadanos?
Las respuestas no son simples. La violencia es un fenómeno complejo que tiene múltiples causas. La desigualdad social, las dificultades económicas, el desempleo, la desintegración familiar, el consumo de alcohol y drogas, la falta de oportunidades para muchos jóvenes y la pérdida de referentes éticos son factores que contribuyen a crear un ambiente propicio para el conflicto.
Sin embargo, sería un error atribuir toda la responsabilidad a las circunstancias externas. También existe una crisis de valores que merece ser abordada con valentía. En una época marcada por la inmediatez, la confrontación y la intolerancia, parece que hemos olvidado la importancia de escuchar, comprender y respetar al otro, incluso cuando no piensa como yo.
La familia sigue siendo la primera escuela de convivencia. Es en el hogar donde los niños aprenden a controlar sus emociones, a respetar las normas y a resolver conflictos de manera pacífica. Cuando estos aprendizajes faltan o se debilitan, las consecuencias terminan reflejándose en toda la sociedad. Por eso, fortalecer la familia debe ser una prioridad nacional. El gobierno debiera crear el Ministerio de la Familia.
La educación también tiene un papel fundamental. No basta con formar profesionales competentes; es necesario formar ciudadanos responsables, capaces de convivir en paz y de asumir compromisos éticos con la comunidad. Las escuelas y universidades están llamadas a promover una cultura del respeto, la tolerancia y la solidaridad.
En este contexto, la dimensión espiritual no puede ser ignorada. Más allá de credos o denominaciones, los principios que promueven el amor al prójimo, el perdón y la reconciliación continúan siendo herramientas poderosas para enfrentar la violencia.

La Palabra de Dios ofrece enseñanzas que mantienen plena vigencia. En el Evangelio de san Mateo, Jesús proclama: «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9). Este mensaje no está dirigido únicamente a líderes religiosos; es una invitación para todos los ciudadanos a convertirse en constructores de paz en sus hogares, lugares de trabajo y comunidades.
Asimismo, el libro de los Proverbios enseña: «La respuesta amable calma el enojo, pero la agresiva echa leña al fuego» (Pro 15,1). En una sociedad donde muchas discusiones terminan en violencia, estas palabras recuerdan la importancia del autocontrol y del diálogo como instrumentos para prevenir tragedias.
La solución al problema de la violencia requiere la participación de todos. Las autoridades deben continuar fortaleciendo las políticas de prevención, la seguridad ciudadana y el acceso a la justicia. Las iglesias, organizaciones comunitarias y medios de comunicación tienen la responsabilidad de promover valores que fortalezcan la convivencia. Pero, sobre todo, cada ciudadano debe asumir el compromiso de rechazar la violencia en cualquiera de sus manifestaciones.
La paz no se construye únicamente desde los despachos gubernamentales ni desde los tribunales. Se construye en cada hogar donde se enseña respeto; en cada escuela donde se fomenta la convivencia; en cada comunidad donde se privilegia el diálogo; y en cada persona que decide responder al odio con serenidad y a la confrontación con entendimiento.
Somos conscientes que nuestro país enfrenta grandes desafíos, pero también posee grandes fortalezas. Somos un pueblo de fe, resiliencia y esperanza. Si logramos recuperar los valores que históricamente nos han caracterizado y asumimos la responsabilidad compartida de construir una cultura de paz, podremos avanzar hacia una sociedad más segura, más justa y más humana. Trabajemos por y para la paz, porque seremos llamados hijos de Dios.
La violencia no puede convertirse en una costumbre. El futuro del país depende de nuestra capacidad para defender la vida (desde la concepción hasta la muerte natural), fortalecer la familia, educar en valores y apostar por el diálogo como camino para resolver nuestras diferencias. Esa es la tarea que nos corresponde a todos y que no admite demora.
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