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Fe y Reflexión

La Encarnación, obra de amor

Por Domingo Vásquez · 30 de julio de 2026

dvasquezmorales@gmail.com

«Por nosotros y por nuestra salvación bajó del cielo… y se hizo hombre», decimos en el Credo, significando lo que todo un Dios fue capaz de hacer para llamarnos al amor. Alejandro Magno, después de invadir Persia, se vistió a la usanza del país para ganarse la adhesión de la gente. Diríase que nuestro Redentor hizo lo propio: vestirse y presentarse como hombre, y no con la intención política de encumbrarse a sí mismo, sino con el fin exclusivo de elevarnos a nosotros, aun a costa de su humillación.

El hombre no me ama —parece que pensó el Señor— porque no puede verme. Me mostraré visiblemente, conversaré con él, y así conquistaré su amor. Pues si bien el amor de Dios era sobrado desde la eternidad, no se había evidenciado aún en toda su grandeza incomprensible, lo cual sí aconteció cuando Jesús se hizo ver como niño: «cuando se manifestó la bondad de nuestro Salvador» (Tt 3, 4).

Dice san Bernardo que Dios manifestó el poder creando el mundo, y la sabiduría en su gobierno; pero que solo en la encarnación del Verbo dejó ver la ternura y la misericordia plenamente. En ella nos demostró la grandeza de su benignidad.

A las personas nos cautivan más las manifestaciones de afecto que los demás nos hacen, que sus demostraciones de poder o de conocimientos. Los gestos de bondad y cariño son como las cadenas que nos atan a quienes nos estiman. Y eso fue lo que hizo Jesús cuando tomó nuestra naturaleza, pues con tal milagro del amor se quiso encadenar a los hombres, conforme lo predijo el profeta Oseas: «Con cuerdas humanas, con lazos de amor los atraía». ¿Por qué a la encarnación de Jesús se le llama en el Credo «obra del Espíritu Santo», sino porque todas las obras del Amor se le atribuyen al Espíritu? Pues no le bastó a Dios habernos hecho en el momento de la creación según su propia imagen, sino que quiso hacerse Él según la nuestra en el momento en que empezó a redimirnos.

Mira, pues, que Dios se hizo tu hermano, hijo de Adán igual que tú, revestido de tu misma carne, sometido a tus gozos y a tus sufrimientos. Y de ello se gloriaba llamándose con frecuencia «Hijo del hombre», como si en parecerse a ti cifrara su mayor honor. Considerando la Iglesia en el Oficio Divino la obra de la redención que este misterio de la encarnación inicia, se declara asustada. «Milagro de los milagros» la llamaba santo Tomás. Prodigio incomprensible que a muchos santos los sacaba de sí. ¡El Creador trocado en criatura!

¿Y tú vas a permanecer indiferente?

Has bajado del cielo para ser nuestro amigo

y compañero, pero ¿quién te acompaña?

¿Quién te acoge en Belén? Solo José y María.

Se manifiesta tu gracia salvadora,

y muy pocos quieren acogerla.

Eres para nosotros un hermano,

y te consideramos extranjero.

¡Oh, Palabra de Dios hecha carne por mí!

Aunque te veo pobre y desvalido,

hoy te confieso como mi Señor.

Aquí tienes mi alma; tómala por pesebre y por trono.

¡Oh, Rey de la humanidad!,

toma el mando de mi corazón

y no dejes que otro me domine.

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