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Fe y Reflexión, Opinión

No estamos solos: la fe y la confianza en Dios en medio de las tribulaciones

Por Yeuris Mael Solano Rosario · 13 de agosto de 2026

La presencia del Espíritu Santo sostiene al creyente cuando las dificultades parecen superar sus fuerzas

Por Yeuris Mael Solano Rosario

“Bendito el hombre que confía en el Señor y pone su confianza en él. Será como un árbol plantado junto al agua, que extiende sus raíces hacia la corriente; no teme que llegue el calor y sus hojas están siempre verdes. En época de sequía no se angustia y nunca deja de dar fruto” (Jr 17, 7-8).

Hay momentos en la vida en los que las circunstancias parecen ponerse en nuestra contra. Llegan las dificultades, las pérdidas, las incertidumbres, las enfermedades, los problemas familiares, las crisis económicas o las situaciones que escapan completamente de nuestro control. En esos momentos, una pregunta puede aparecer en lo más profundo del corazón: ¿dónde está Dios cuando estamos sufriendo?

La respuesta de la fe no significa que el creyente esté libre de problemas. Tampoco significa que quien confía en Dios nunca experimentará dolor. La fe nos enseña algo mucho más profundo: Dios permanece a nuestro lado incluso cuando atravesamos el valle de la dificultad.

Jesús mismo quiso dejar esta certeza en el corazón de sus discípulos antes de su partida:

“Y yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador, para que esté con ustedes para siempre” (Jn 14, 16).

Esta promesa continúa siendo actual. El cristiano no camina solo. En medio de las tribulaciones, cuenta con la presencia del Espíritu Santo, el Consolador, aquel que fortalece, guía, ilumina y sostiene.

En ocasiones podemos pensar que, por ser cristianos, estamos llamados a vivir una existencia sin dificultades. Sin embargo, la Sagrada Escritura nos muestra exactamente lo contrario.

Los grandes hombres y mujeres de fe también atravesaron momentos de dolor, incertidumbre y prueba. Su grandeza no estuvo en haber evitado las dificultades, sino en haber mantenido la confianza en Dios mientras las atravesaban.

Uno de los ejemplos más significativos es Job. La Biblia lo presenta como un hombre justo, recto, temeroso de Dios y apartado del mal. Sin embargo, su vida fue golpeada por la pérdida de sus bienes, de sus seres queridos y de su estabilidad.

Ante semejante tragedia, Job pudo haber renunciado a su fe. Pudo haber culpado a Dios o haber considerado que todo había perdido sentido. Pero, en medio de su dolor, se postró y adoró al Señor.

Su historia nos recuerda que la fe verdadera no consiste únicamente en confiar en Dios cuando todo marcha bien. La verdadera fe también se manifiesta cuando no entendemos lo que está sucediendo y, aun así, decidimos seguir confiando.

Las pruebas pueden convertirse en momentos de crecimiento espiritual. No porque el sufrimiento sea bueno en sí mismo, sino porque, con la ayuda de Dios, podemos descubrir en medio de él una fortaleza que desconocíamos.

La historia de Abraham es otro ejemplo. Dios puso a prueba su fe al pedirle que ofreciera a su hijo Isaac. Abraham obedeció y confió, aun cuando humanamente aquella petición resultaba difícil de comprender. En el momento decisivo, Dios intervino.

Abraham quedó como uno de los grandes referentes bíblicos de la confianza en Dios.

Su historia nos plantea una pregunta que sigue teniendo vigencia: ¿qué hacemos cuando Dios parece conducirnos por caminos que no comprendemos?

La respuesta de la fe consiste en continuar caminando, aun cuando no tengamos todas las respuestas.

Existe una expresión muy conocida entre los creyentes: “El tiempo de Dios es perfecto”.

No siempre es fácil aceptar esta afirmación cuando estamos atravesando una situación dolorosa. Cuando sufrimos, queremos respuestas inmediatas. Queremos que el problema termine cuanto antes. Queremos comprender por qué ocurrió aquello que nos duele.

Pero la fe nos invita a mirar más allá de la circunstancia inmediata.

Cada amanecer puede ser una nueva oportunidad para descubrir qué quiere Dios de nosotros. Cada dificultad puede llevarnos a preguntarnos no solamente “¿por qué me está pasando esto?”, sino también “¿qué puedo aprender y qué puedo hacer desde la fe ante esta situación?”

Quizás Dios nos está llamando a fortalecer nuestra familia. Tal vez nos invita a acercarnos nuevamente a Él. Quizás nos pide ayudar a una persona que está sufriendo más que nosotros. Puede ser incluso una oportunidad para descubrir que nuestra vida tiene una misión que va más allá de nuestras propias necesidades.

Por eso, en medio de las tribulaciones debemos preguntarnos: ¿qué quiere Dios que haga por mi vida, por mi familia, por mi vecino, por mi amigo, por mi comunidad y por mi país?

Cuando los discípulos le dijeron a Jesús: “Auméntanos la fe”, el Señor respondió:

“Si tuvieran fe como un grano de mostaza, podrían decir a este árbol: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’, y les obedecería” (Lc 17, 5-6).

Los discípulos pensaban en la cantidad de fe. Jesús, en cambio, les mostró el poder de una fe auténtica.

No siempre necesitamos una fe que parezca enorme. Necesitamos una fe firme, sincera y perseverante.

Una pequeña semilla puede convertirse en un gran árbol si encuentra tierra fértil, agua y las condiciones necesarias para crecer. De la misma manera, una fe que quizás hoy parece pequeña puede crecer cuando es alimentada mediante la oración, la Palabra de Dios, la Eucaristía, la caridad y la confianza.

La pregunta, entonces, no debería ser solamente cuánto creemos, sino cómo estamos viviendo aquello que creemos.

En medio de esta reflexión adquiere especial importancia la promesa de Jesús:

“Y yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador, para que esté con ustedes para siempre” (Jn 14, 16).

Jesús sabía que sus discípulos tendrían que enfrentar momentos difíciles. Por eso no quiso dejarlos desamparados.

La promesa del Espíritu Santo significa que la presencia de Dios no desaparece cuando llegan las dificultades.

Hay momentos en que podemos sentirnos solos, pero no estamos solos.

Hay momentos en que podemos sentir que nuestras fuerzas se terminan, pero Dios puede renovar nuestras fuerzas.

Hay momentos en que no encontramos respuestas, pero podemos seguir caminando confiados en que el Señor permanece junto a nosotros.

El Espíritu Santo es esa presencia que ilumina nuestro camino, fortalece nuestra esperanza y nos ayuda a mantenernos firmes cuando las circunstancias intentan hacernos caer.

Las tribulaciones forman parte de nuestra existencia. Ninguna persona está completamente exenta de ellas. Sin embargo, desde la perspectiva cristiana, el sufrimiento no tiene la última palabra.

La última palabra la tiene la esperanza.

La última palabra la tiene el amor de Dios.

La última palabra la tiene la vida.

Por eso, cuando atravesemos momentos difíciles, no debemos permitir que el miedo destruya nuestra confianza. Tampoco debemos interpretar una dificultad como una señal de que Dios nos ha abandonado.

El profeta Jeremías compara al hombre que confía en Dios con un árbol plantado junto al agua. El calor puede llegar. Puede llegar la sequía. Pueden presentarse circunstancias adversas. Pero sus raíces permanecen conectadas a la corriente.

Esa es una hermosa imagen de la vida cristiana.

Las circunstancias pueden cambiar, pero nuestras raíces deben permanecer en Dios.

Hoy, más que nunca, necesitamos recuperar una fe capaz de sostenernos en medio de las incertidumbres. Una fe que no sea solamente de palabras, sino que se traduzca en esperanza, solidaridad, oración y servicio.

Dios, que es rico en misericordia, no nos abandona. Incluso cuando atravesamos los momentos más difíciles, Él permanece presente.

Por eso, queridos hermanos y hermanas en la fe, no tengamos miedo de confiar en Dios.

Cuando las fuerzas disminuyan, oremos.

Cuando no encontremos respuestas, confiemos.

Cuando llegue la prueba, permanezcamos firmes.

Cuando sintamos que estamos solos, recordemos la promesa de Jesús: el Padre nos ha dado al Consolador para que permanezca con nosotros para siempre.

Que la paz y el amor de Dios, junto con la presencia del Espíritu de la verdad, nos acompañen siempre en nuestro caminar. Que el Señor nos proteja de los males y peligros que nos acechan y nos conceda una fe capaz de permanecer firme aun en medio de las tormentas.

Y que, sostenidos por esa fe y esa confianza en Dios, podamos seguir dando frutos, aun cuando atravesemos tiempos de sequía.

Porque quien coloca sus raíces en Dios puede enfrentar el calor sin perder la esperanza, atravesar la sequía sin dejar de confiar y continuar dando frutos aun en medio de las tribulaciones.

¡Bendiciones!

Yeuris Mael Solano Rosario.  Escríbele al autor: yeurismael.cme@gmail.com
Licenciado en Filosofía y Teología

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