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Fe y Reflexión, Opinión

Papá, mira a papá Dios

Por Gregorio Bautista · 19 de agosto de 2026

Por Gegorio Bautista

Un domingo, mientras vivia un retiro (convivencia), con mi comunidad (7ma Com de Paz y Bien), salí un momento a atender a mi hija Verónica, que quería jugar fuera. En el patio interior de aquella casa de retiro, había una imagen de Jesucristo.

Verónica comenzó a correr de un lado para otro hasta que, en un momento, se detuvo, miró hacia la imagen y me dijo: Papá, mira, Papá Dios.

Después se movió unos pasos, buscó otro ángulo y volvió a decirme: Papá, mira, Papá Dios. Se movió nuevamente y me dijo: De aquí también se ve, Papá Dios. Cada vez que cambiaba de lugar, intentaba comprobar si todavía podía verlo y cuando desde algún punto no lograba distinguir la imagen, simplemente seguía caminando, se acercaba, buscaba otro lugar y volvía a mirar.

Yo la observaba y, en medio de la sencillez de aquel momento, sentí que el Señor me estaba enseñando algo.

¿Cuántas veces en mi vida dejo de ver a Dios simplemente porque cambio de lugar?

A veces no es que Dios haya desaparecido. Soy yo quien ha dejado de buscarlo. Cambian las circunstancias, llegan los problemas, aparecen decisiones difíciles, vivimos momentos de incertidumbre, nos cansamos o nos distraemos y, sin darnos cuenta, dejamos de mirar hacia la fuente.

Verónica, sin saberlo, me recordó algo que Jesús dijo: Si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los cielos (Mt 18,3).

Ser como niños no significa vivir sin responsabilidades ni criterio. Significa recuperar un corazón capaz de mirar con sencillez, confiar y buscar. El niño no se complica demasiado. Si quiere ver algo, se mueve hasta encontrar el ángulo. Si no lo ve, se acerca, si vuelve a perderlo de vista, lo busca otra vez.

Quizás eso es lo que muchas veces nos falta en nuestra vida de fe: la insistencia para volver a mirar a Cristo.

Porque no siempre podremos verlo todo con claridad. Habrá momentos en los que la situación parezca oscura, decisiones en las que no sepamos qué camino tomar, días en los que nuestra oración parezca seca y momentos en los que sintamos que Dios está lejos. Pero que yo no lo vea no significa que Él haya dejado de estar.

La pregunta entonces no debería ser solamente ¿Dónde está Dios?, sino también ¿Desde dónde lo estoy mirando?

La Iglesia me ha enseñado que mi historia no está separada de Cristo. Él ha entrado en mi realidad, ha conocido mis heridas, ha cargado mis infiernos y me ha mostrado una identidad que muchas veces yo mismo no sabía reconocer. En Él he podido encontrar sentido donde antes solo veía pobreza, límites, heridas o fracaso.

Por eso, mirar a Cristo no puede ser un ejercicio reservado para la iglesia, la oración o los momentos de tranquilidad. También tengo que aprender a buscarlo en mis decisiones, en mi familia, en el trabajo, en las dificultades, en mis relaciones y hasta en aquellas circunstancias que no entiendo.

¿Qué pasaría si antes de tomar una decisión intentáramos buscar a Cristo? ¿Qué pasaría si antes de reaccionar ante un problema nos preguntáramos dónde está Él en medio de esto? ¿Qué pasaría si antes de mirar lo que nos falta, buscáramos aquello que Dios ya está haciendo?

Quizás nuestra vida cambiaría.

Ese domingo, Verónica no hizo una gran reflexión ni pronunció un discurso. Simplemente quería seguir viendo a (Papá Dios). Quizás ahí está la enseñanza que me regaló sin darse cuenta.

Jesús nos invita a volver a ser como niños porque necesitamos recuperar esa capacidad de maravillarnos ante su presencia y de buscarlo con un corazón sencillo.

Me buscaréis y me encontraréis cuando me busquéis de todo corazón (Jr 29,13).

Porque quizás el problema no es que Dios haya dejado de estar delante de nosotros. Quizás simplemente hemos dejado de mirar.

Y tal vez hoy Cristo también nos está diciendo, a través de la sencillez de un niño:

Mira aquí estoy yo.

Comunícate con el autor: bautista.gregorio30@gmail.com

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