Por AIRE96FM
La Iglesia celebra este 20 de agosto la Memoria Obligatoria de San Bernardo, abad y Doctor de la Iglesia. Su vida, marcada por la oración, la contemplación, el amor a Cristo y el servicio a la Iglesia, ofrece a los cristianos de hoy una ruta concreta para redescubrir la riqueza del bautismo.
En una época dominada por la velocidad, las pantallas, el ruido y la búsqueda constante de resultados, la figura de San Bernardo de Claraval aparece como una invitación a detenerse y volver a lo esencial: buscar a Dios, dejarse transformar por Él y poner la propia vida al servicio de los demás.
La Iglesia celebra cada 20 de agosto la memoria de este monje cisterciense, abad, predicador y Doctor de la Iglesia, considerado una de las grandes figuras espirituales del siglo XII. Su existencia estuvo profundamente vinculada a la oración y a la contemplación, pero también estuvo marcada por una intensa actividad al servicio de la Iglesia y de la sociedad de su tiempo.
Bernardo nació alrededor del año 1090 en Fontaines, cerca de Dijon, Francia. Procedente de una familia noble, recibió una sólida formación y, siendo todavía joven, decidió abandonar las perspectivas de una vida acomodada para ingresar en el monasterio de Císter.
Aquel paso cambiaría radicalmente su existencia.
Una decisión que cambió su vida
Bernardo tenía aproximadamente 20 años cuando ingresó en Císter junto con varios compañeros. Allí encontró una forma de vida caracterizada por la austeridad, el silencio, la oración y el trabajo.
No se trató simplemente de una decisión de abandonar el mundo. Fue, sobre todo, una elección radical por Cristo.
En 1115, el abad Esteban Harding lo envió a fundar un nuevo monasterio en un lugar que inicialmente era inhóspito. Allí nació Claraval, comunidad que posteriormente se convertiría en uno de los grandes centros espirituales de la Europa medieval.
Bernardo tenía apenas 25 años cuando fue nombrado abad.
Su juventud no impidió que asumiera una enorme responsabilidad. Con el paso de los años, su influencia espiritual creció y su palabra comenzó a ser escuchada mucho más allá de las paredes del monasterio.
El hombre que había buscado el silencio terminó siendo llamado a hablar.
Y aquí encontramos una de las primeras grandes lecciones de su vida: la verdadera contemplación no nos encierra en nosotros mismos; nos prepara para servir mejor.
Un santo entre el silencio y la misión
San Bernardo vivió una aparente paradoja.
Por una parte, era un monje enamorado del silencio, la oración y la vida contemplativa. Por otra, se vio involucrado en importantes acontecimientos de la Iglesia de su época.
El papa Benedicto XVI destacó precisamente esta dimensión de su personalidad: Bernardo buscaba el retiro y la contemplación, pero las necesidades de la Iglesia lo llevaron a desempeñar numerosas tareas y a recorrer diferentes lugares.
Su vida demuestra que la oración y la misión no son caminos opuestos.
El cristiano necesita retirarse para encontrarse con Dios, pero ese encuentro debe conducirlo nuevamente hacia los hermanos.
Una fe que no genera compromiso termina convirtiéndose en una experiencia meramente individual.
Por eso San Bernardo resulta tan actual.
En una sociedad donde muchas personas buscan respuestas espirituales, pero no siempre quieren comprometerse con los demás, su testimonio recuerda que encontrarse con Cristo significa también dejarse enviar por Cristo.
¿Qué tiene que ver San Bernardo con nuestro bautismo?
A primera vista podría parecer que la vida de un monje medieval tiene poco que decir al cristiano del siglo XXI.
Sin embargo, precisamente aquí aparece la riqueza de su testimonio.
San Bernardo nos ayuda a comprender que el bautismo no es solamente un acontecimiento ocurrido en nuestra infancia. Es una identidad que necesita expresarse todos los días.
El bautismo nos incorpora a Cristo y nos introduce en la vida de la Iglesia. Pero esa vida nueva necesita crecer.
Ser bautizado significa comenzar un camino de conversión.
Significa aprender a vivir según el Evangelio.
Significa permitir que Cristo transforme nuestra manera de pensar, hablar, trabajar, relacionarnos y enfrentar las dificultades.
San Bernardo entendió que la vida cristiana debía llegar al corazón.
No era suficiente conocer la doctrina. Había que amar a Cristo.
No bastaba hablar de Dios. Había que buscarlo.
No era suficiente pertenecer externamente a la Iglesia. Había que permitir que el Evangelio transformara la propia existencia.
La santidad comienza en el corazón
Una de las enseñanzas más importantes que podemos recibir de San Bernardo es que la santidad implica una transformación interior.
Benedicto XVI recordó que Bernardo tuvo que luchar también contra su propio temperamento y aprender a dominar sus impulsos, reconociendo humildemente sus limitaciones.
Esto resulta especialmente significativo.
Los santos no fueron personas que nunca tuvieron defectos. Fueron personas que permitieron que Dios trabajara sobre sus defectos.
También nosotros tenemos áreas de nuestra vida que necesitan conversión.
Quizá necesitamos aprender a controlar la ira.
Quizá debemos pedir perdón.
Quizá tenemos que abandonar resentimientos.
Quizá necesitamos ser más pacientes con nuestros familiares.
Quizá debemos recuperar la oración.
Quizá nuestra relación con Dios se ha vuelto rutinaria.
Vivir el bautismo significa precisamente permitir que la gracia de Dios entre en esas zonas de nuestra existencia que todavía necesitan ser sanadas y transformadas.
Recuperar el silencio para escuchar a Dios
Otro de los grandes mensajes que San Bernardo ofrece al cristiano contemporáneo es el valor del silencio.
Vivimos permanentemente conectados.
El teléfono nos acompaña prácticamente a todas partes. Las redes sociales nos ofrecen información constante. Las noticias llegan de manera inmediata. Las opiniones se multiplican.
Pero, paradójicamente, podemos estar informados sobre muchas cosas y desconocer lo que ocurre dentro de nuestro propio corazón.
San Bernardo nos invita a recuperar el silencio.
No un silencio vacío, sino un silencio habitado por Dios.
El silencio permite escuchar.
Permite discernir.
Permite reconocer nuestros errores.
Permite descubrir las heridas que llevamos dentro.
Y, sobre todo, permite escuchar nuevamente la voz de Dios.
Para un bautizado, esto es fundamental.
Necesitamos momentos para abrir la Biblia, participar en la Eucaristía, hacer oración personal, adorar al Santísimo Sacramento, examinar nuestra conciencia y preguntarnos hacia dónde estamos llevando nuestra vida.
Un amor apasionado por Cristo
La espiritualidad de San Bernardo estuvo profundamente centrada en Jesucristo.
Su enseñanza espiritual buscaba conducir a los creyentes hacia una relación cada vez más íntima con el Señor. Benedicto XVI destacó precisamente su capacidad para presentar las verdades de la fe de manera que condujeran al recogimiento, la oración y el encuentro con Dios.
Aquí encontramos otra clave para vivir nuestro bautismo.
El cristianismo no consiste solamente en cumplir determinadas prácticas religiosas.
Es mucho más profundo.
Es una relación viva con Jesucristo.
Vamos a Misa porque pertenecemos a Cristo.
Oramos porque queremos encontrarnos con Cristo.
Leemos el Evangelio porque queremos conocer a Cristo.
Servimos a los pobres porque queremos reconocer a Cristo en nuestros hermanos.
Perdonamos porque Cristo nos ha enseñado a perdonar.
Amamos porque hemos conocido el amor de Dios.
La vida bautismal comienza a madurar cuando Jesús deja de ser solamente un nombre que conocemos y se convierte verdaderamente en el centro de nuestra existencia.
María, modelo de respuesta a Dios
San Bernardo también desarrolló una profunda espiritualidad mariana. Su amor y enseñanza sobre la Virgen María fueron tan significativos que se le ha considerado tradicionalmente un gran maestro de la espiritualidad mariana.
Para Bernardo, María conduce hacia Cristo.
Ella representa la respuesta generosa de quien escucha la Palabra de Dios y se dispone a cumplirla.
Por eso María también puede ayudarnos a vivir nuestro bautismo.
Ella nos enseña a decir “sí” cuando Dios llama.
Nos enseña a confiar cuando no comprendemos todo.
Nos enseña a permanecer fieles en los momentos difíciles.
Y nos enseña que la verdadera grandeza no está en ocupar los primeros lugares, sino en ponerse al servicio de Dios y de los demás.
De la contemplación al compromiso
San Bernardo no fue un santo encerrado en sus propios intereses espirituales.
Su vida terminó teniendo una fuerte dimensión pública. Intervino en cuestiones importantes de la Iglesia y fue enviado a realizar distintas misiones.
Esto nos permite comprender que el bautizado no puede permanecer indiferente ante la realidad que lo rodea.
La fe tiene consecuencias sociales.
Un cristiano debe preocuparse por la familia, por los jóvenes, por los pobres, por los enfermos, por quienes viven solos, por quienes han perdido la esperanza.
También debe defender la dignidad humana, promover la reconciliación y trabajar por una sociedad más justa y fraterna.
No todos los bautizados tendremos las mismas responsabilidades, pero todos tenemos una misión.
Un padre puede evangelizar desde su hogar.
Una madre puede transmitir la fe a sus hijos.
Un joven puede ser testigo de Cristo en su universidad o lugar de trabajo.
Un profesional puede vivir la honestidad como expresión de su fe.
Un catequista puede ayudar a otros a descubrir a Cristo.
Un comunicador católico puede utilizar los medios para anunciar esperanza.
Un sacerdote puede entregar su vida al servicio del Pueblo de Dios.
La misión comienza allí donde cada bautizado se encuentra.
Una pregunta incómoda pero necesaria
La celebración de San Bernardo puede convertirse en una oportunidad para hacernos una pregunta que, aunque sencilla, resulta profundamente exigente:
¿Se nota en nuestra vida que somos bautizados?
No basta con tener un certificado de bautismo.
No basta con haber recibido los sacramentos.
No basta con identificarnos culturalmente como católicos.
La pregunta es mucho más profunda:
¿Nuestra vida refleja a Cristo?
¿Nuestra familia puede reconocer en nosotros los valores del Evangelio?
¿Nuestros compañeros de trabajo encuentran en nosotros honestidad y solidaridad?
¿Somos capaces de pedir perdón?
¿Sabemos perdonar?
¿Ayudamos a quien necesita?
¿Participamos en nuestra comunidad parroquial?
¿Tenemos una vida de oración?
¿Permitimos que la Palabra de Dios cuestione nuestras decisiones?
Estas preguntas pueden ayudarnos a pasar de un cristianismo meramente nominal a una auténtica vida bautismal.
El desafío de volver a lo esencial
San Bernardo murió el 20 de agosto de 1153. La Iglesia lo proclamó Doctor de la Iglesia en 1830, reconociendo la riqueza de su enseñanza espiritual.
Pero su legado no está solamente en los libros que escribió ni en los grandes acontecimientos en los que participó.
Su legado está en haber mostrado que es posible entregar completamente la vida a Dios y, desde esa entrega, ponerse al servicio de los demás.
En un mundo que necesita referentes, San Bernardo nos propone un camino sencillo y exigente: volver a Cristo.
Volver a la oración.
Volver al silencio.
Volver al Evangelio.
Volver a la comunidad.
Volver al servicio.
Volver a descubrir la grandeza de nuestro bautismo.
Porque quizá una de las grandes necesidades de la Iglesia de nuestro tiempo no sea simplemente tener más personas bautizadas, sino bautizados que vivan conscientemente como discípulos de Jesucristo.
San Bernardo y el bautizado de hoy
Celebrar al santo abad y Doctor de la Iglesia puede ser, por tanto, una oportunidad para renovar nuestro compromiso bautismal.
San Bernardo nos recuerda que Dios puede transformar un corazón dispuesto.
Nos enseña que nuestras debilidades no tienen la última palabra.
Nos muestra que la oración no nos aleja de la realidad, sino que nos prepara para transformarla.
Nos invita a recuperar el silencio.
Nos anima a amar profundamente a Jesucristo.
Y nos recuerda que la santidad es una llamada para todos.
Este 20 de agosto, al celebrar su memoria, podemos pedir al Señor que nos conceda algo de aquel deseo profundo de Dios que marcó la vida de Bernardo.
Que nos ayude a pasar de un bautismo recibido a un bautismo vivido.
De una fe heredada a una fe asumida.
De una práctica religiosa rutinaria a una relación viva con Cristo.
De una Iglesia contemplada desde fuera a una Iglesia en la que participamos y servimos.
Una oración para renovar nuestro bautismo
Señor Jesús,
gracias por el don de nuestro bautismo. Ayúdanos a vivir cada día como hijos de Dios y discípulos tuyos.
Como San Bernardo, danos un corazón que te busque sinceramente, que ame tu Palabra y encuentre en la oración la fuerza para servir a nuestros hermanos.
Enséñanos a vencer aquello que nos aleja de ti, a reconocer nuestras faltas, pedir perdón y comenzar nuevamente.
Haz que nuestra fe no se quede solamente en palabras, sino que se convierta en obras de amor, misericordia, justicia y servicio.
Que María, modelo de todo bautizado, nos enseñe a responder con generosidad a tu llamada.
Y que nuestra vida pueda decir, con hechos, aquello que recibimos el día de nuestro bautismo: que pertenecemos a Cristo.
Amén.
Para recordar
“El bautismo no es solamente un sacramento que recibimos; es una vida nueva que estamos llamados a vivir.”
La memoria de San Bernardo nos deja así un desafío concreto: volver a las raíces de nuestra fe y preguntarnos qué estamos haciendo hoy con la gracia de nuestro bautismo.
Porque ser bautizado no es solamente haber recibido un sacramento. Es haber comenzado una historia de amor con Cristo. Y esa historia está llamada a continuar cada día.

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