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El divorcio en la República Dominicana: una herida silenciosa que interpela a la sociedad

Por Domingo Vásquez · 4 de septiembre de 2026

dvasquezmorales@gmail.com

Hablar del divorcio en la República Dominicana es hablar de uno de los fenómenos sociales que más ha transformado la vida familiar en las últimas décadas. Detrás de cada acta de divorcio hay una historia de amor que no logró consolidarse, hijos que deben adaptarse a una nueva realidad, familias divididas y una sociedad que poco a poco ha ido normalizando la ruptura matrimonial.

Los datos oficiales muestran una realidad que merece una profunda reflexión. De acuerdo con el Anuario de Estadísticas Vitales 2025 de la Oficina Nacional de Estadística (ONE), durante ese año se registraron 40,750 matrimonios y 24,711 divorcios. En otras palabras, por cada cien matrimonios celebrados hubo aproximadamente 61 divorcios, una proporción que evidencia la fragilidad de muchas uniones conyugales en el país. Aunque los divorcios disminuyeron un 6.29 % con respecto al año anterior, también descendió el número de matrimonios, lo que revela un cambio en la manera como los dominicanos conciben el compromiso matrimonial.

Según ONE, en la República Dominicana se celebraron 3,003 matrimonios canónicos (católicos) durante el año 2025. Esta cifra representa el 7.37 % del total de 40,750 matrimonios registrados en el país ese año.

Según nuestra investigación.  La distribución de los matrimonios en 2025 fue la siguiente:

  • Matrimonios civiles: 35,646 (87.45 %).
  • Matrimonios canónicos (Iglesia Católica): 3,003 (7.37 %).
  • Matrimonios de otras denominaciones religiosas: 2,101 (5.19 %)

Este dato refleja una tendencia que merece reflexión desde la pastoral. Aunque el matrimonio sacramental sigue teniendo un lugar importante en la vida de la Iglesia, en la actualidad menos de uno de cada diez matrimonios celebrados en la República Dominicana se realiza en la Iglesia (que es una, santa católica y apóstolica). Además, el número total de matrimonios continúa disminuyendo y la edad promedio al contraer matrimonio ha aumentado en la última década

Esta realidad no puede analizarse únicamente desde una perspectiva legal. El divorcio es el reflejo de transformaciones profundas en la cultura dominicana. Vivimos en una sociedad donde el individualismo ha ganado terreno sobre el compromiso permanente, donde la inmediatez suele imponerse sobre la paciencia y donde la búsqueda de la satisfacción personal muchas veces prevalece sobre el sacrificio que exige toda vida matrimonial.

No obstante, sería un error reducir el fenómeno a una simple “crisis de valores”. Las causas del divorcio son múltiples y complejas. Entre ellas se encuentran la violencia intrafamiliar, las infidelidades, las dificultades económicas, la inmadurez afectiva, las adicciones, la falta de comunicación, la migración, las largas jornadas laborales y, en muchos casos, la ausencia de una adecuada preparación para el matrimonio.

La cultura dominicana también ha experimentado cambios importantes en la estructura familiar. Cada vez son más frecuentes las uniones libres, las familias reconstituidas y los hogares monoparentales. Muchos jóvenes crecen sin referentes estables de vida matrimonial, lo que dificulta la construcción de relaciones duraderas. Paradójicamente, mientras disminuye el número de matrimonios, aumenta el deseo de encontrar relaciones afectivas estables; sin embargo, el miedo al compromiso y el temor al fracaso llevan a muchas parejas a evitar el matrimonio.

El impacto del divorcio trasciende a la pareja. Numerosos estudios internacionales muestran que las separaciones conflictivas pueden afectar el bienestar emocional de los hijos, su rendimiento escolar, su estabilidad psicológica y su manera de comprender las relaciones humanas. Aunque muchas parejas logran ejercer una coparentalidad responsable, otras convierten a los hijos en víctimas de disputas prolongadas que dejan heridas difíciles de sanar.

Frente a esta realidad, la Iglesia Católica continúa proponiendo una visión del matrimonio basada en el amor fiel, fecundo e indisoluble. No se trata de ignorar el sufrimiento de quienes atraviesan una ruptura, sino de recordar que el matrimonio no puede reducirse a un contrato revocable según las circunstancias, sino que constituye una alianza de vida y amor que requiere madurez, formación, acompañamiento y una profunda vida espiritual.

La respuesta al aumento de las rupturas no consiste únicamente en fortalecer las leyes. Se necesitan políticas públicas que apoyen a la familia, programas de educación afectiva y emocional, una mejor preparación prematrimonial, acompañamiento a los matrimonios jóvenes, atención psicológica accesible y espacios donde las parejas puedan aprender a resolver sus conflictos antes de que se conviertan en motivos de separación.

El desafío es enorme, pero no imposible. La familia continúa siendo la primera escuela de humanidad, el lugar donde se aprende a amar, a perdonar y a convivir. Cuando una familia se fortalece, también se fortalece la sociedad.

Quizá la pregunta que debemos hacernos no sea únicamente por qué aumentan los divorcios, sino qué estamos haciendo como sociedad para preparar mejor a nuestros jóvenes para el amor, el compromiso y la fidelidad. Porque el futuro de la República Dominicana no depende solo de su economía o de su desarrollo tecnológico; depende, en gran medida, de la solidez de sus familias.

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