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EL SANTO DEL DÍA, Liturgia

Santa Teresa de Calcuta: una vida bautismal entregada al servicio de los más pobres

Por Domingo Vásquez · 4 de septiembre de 2026

Por Aire96FM

Hay vidas que pasan por la historia dejando recuerdos. Otras dejan obras. Y existen algunas que, por la fuerza de su testimonio, terminan convirtiéndose en una pregunta permanente para la humanidad: ¿qué estamos haciendo con el amor que Dios nos ha regalado?

Entre esas vidas se encuentra la de Santa Teresa de Calcuta, una mujer pequeña en estatura, pero inmensa en su capacidad de amar, servir y entregarse a los demás. Su existencia se convirtió en una de las expresiones más reconocibles de la caridad cristiana del siglo XX.

Santa Teresa de Calcuta no fue simplemente una religiosa dedicada a atender personas necesitadas. Fue una mujer que comprendió que detrás de cada rostro herido, abandonado o despreciado podía encontrarse el rostro de Cristo.

Su vida continúa interpelando a la Iglesia y, de manera muy particular, a quienes hemos recibido el sacramento del Bautismo: ¿estamos viviendo como verdaderos discípulos de Jesús?

Teresa de Calcuta nació como Anjezë Gonxhe Bojaxhiu, el 26 de agosto de 1910, en Skopie, entonces parte del Imperio otomano. Desde muy joven experimentó una profunda inquietud misionera y, siendo todavía adolescente, comenzó a sentir el deseo de consagrar su vida a Dios.

Ingresó en las Hermanas de Loreto y posteriormente fue enviada a la India. Allí desarrolló durante años su labor educativa, hasta que una experiencia espiritual transformaría radicalmente su existencia.

En 1946 experimentó lo que posteriormente describiría como una “llamada dentro de la llamada”: una invitación de Cristo a salir de la seguridad del convento para encontrarse con los pobres y servirlo en ellos.

Después de un proceso de discernimiento y de los permisos correspondientes, el 17 de agosto de 1948 abandonó el convento de Loreto y comenzó una nueva etapa de su vida. Poco después se internó en los barrios pobres de Calcuta, visitando familias, atendiendo enfermos y acompañando a personas abandonadas.

Su camino no comenzó con grandes estructuras ni recursos económicos. Comenzó con algo mucho más sencillo: una mujer, una fe profunda y la decisión de servir.

En el corazón de su vocación estuvo una convicción que marcó toda su existencia: Cristo la llamaba a llevar su luz a quienes vivían en las periferias de la sociedad.

Santa Teresa comprendió que no bastaba hablar de los pobres. Había que acercarse a ellos.

No bastaba defender la dignidad humana. Había que tocar las heridas, acompañar al enfermo, escuchar al anciano, recibir al abandonado y ofrecer una mano al que ya no tenía quién lo ayudara.

Así nació progresivamente el carisma que daría origen a las Misioneras de la Caridad, congregación establecida oficialmente en la Arquidiócesis de Calcuta el 7 de octubre de 1950.

La pequeña obra comenzó a crecer hasta convertirse en una presencia internacional. En 1965, el papa Pablo VI concedió a la congregación el Decreto de Alabanza, convirtiéndola en una congregación de derecho pontificio y abriendo el camino para su expansión por diferentes países.

Pero Teresa nunca perdió de vista lo esencial: la obra no era suya; pertenecía a Dios.

Uno de los mayores aportes de Santa Teresa de Calcuta a la Iglesia fue recordarle al mundo que la evangelización no puede separarse de la caridad.

Su vida mostró que la Iglesia anuncia a Jesucristo no solamente desde los púlpitos, los documentos o las celebraciones litúrgicas. También lo anuncia cuando se inclina sobre una persona que sufre.

San Juan Pablo II destacó precisamente esta dimensión de su testimonio al señalar que la Madre Teresa fue una de las grandes misioneras del siglo XX y que anunció el Evangelio mediante los gestos cotidianos de amor hacia los más pobres.

Santa Teresa vivió una síntesis profundamente cristiana: contemplación y acción, oración y servicio, Eucaristía y misericordia.

Su jornada comenzaba en la oración y en la Eucaristía, y desde allí salía al encuentro de quienes necesitaban experimentar la cercanía de Dios.

Esta es una enseñanza fundamental para la Iglesia de hoy: una caridad que no nace de Cristo puede convertirse simplemente en asistencia social; pero una caridad que nace de Cristo se transforma en testimonio del Evangelio.

Aquí encontramos una de las grandes preguntas que Santa Teresa plantea a cada cristiano.

El Bautismo no es únicamente una celebración familiar. No es solamente una fotografía, una vestimenta blanca o una fiesta. Es el comienzo de una vida nueva en Cristo.

El bautizado recibe una misión. Y esa misión tiene una expresión concreta: amar a Dios y amar al prójimo.

Santa Teresa de Calcuta comprendió esta verdad con una radicalidad extraordinaria. No necesitó grandes discursos para explicar el Evangelio. Su vida se convirtió en una predicación permanente.

Por eso, contemplar su testimonio desde la perspectiva del Bautismo significa preguntarnos:

Quizá no todos estamos llamados a vivir en las calles de Calcuta. Pero todos encontramos diariamente personas que necesitan nuestra presencia.

Un anciano que vive solo.

Una familia que atraviesa dificultades económicas.

Un enfermo que necesita compañía.

Un joven que se siente perdido.

Una madre que enfrenta una situación difícil.

Un niño que necesita ser escuchado.

Una persona que ha sido marginada.

Un vecino que necesita ayuda.

Una persona que ha perdido la esperanza.

Ahí también puede estar Cristo.

El mensaje de Santa Teresa de Calcuta tiene una enorme actualidad para la República Dominicana.

Nuestro país posee una profunda tradición cristiana y una gran sensibilidad hacia la solidaridad. En nuestras comunidades abundan personas que ayudan, visitan enfermos, organizan actividades sociales, colaboran con familias necesitadas y participan en obras de misericordia.

Pero también tenemos grandes desafíos.

La pobreza, la desigualdad, la violencia, la soledad de muchos ancianos, la situación de personas sin hogar, las dificultades que enfrentan numerosas familias, las adicciones, la exclusión social y tantas otras heridas nos recuerdan que todavía necesitamos construir una sociedad donde la dignidad de cada persona sea verdaderamente respetada.

Frente a esta realidad, Santa Teresa no nos invita simplemente a lamentarnos.

Nos invita a acercarnos.

La respuesta cristiana ante el sufrimiento no puede reducirse a preguntar: “¿Quién tiene la culpa?”. También debe preguntarse: “¿Qué puedo hacer yo?” Esa pregunta transforma al espectador en discípulo.

Uno de los grandes desafíos de nuestras comunidades católicas consiste en evitar que el Bautismo quede reducido a una práctica sacramental desconectada de la vida.

Celebramos el Bautismo, asistimos a la Eucaristía, participamos en actividades parroquiales y profesamos nuestra fe. Pero todo eso debe desembocar en una vida transformada.

El papa Francisco lo expresó con claridad durante la canonización de Teresa de Calcuta: estamos llamados a concretar en la realidad aquello que invocamos en la oración y profesamos en la fe; no existe una verdadera alternativa a la caridad.

Por eso, una parroquia que quiere vivir profundamente su identidad bautismal debe preguntarse también:

¿Quiénes están solos?

¿Quiénes han dejado de venir a la Iglesia?

¿Quiénes necesitan ser escuchados?

¿Qué personas estamos dejando al margen?

Estas preguntas pueden abrir nuevos caminos pastorales.

Santa Teresa nos recuerda que la misión comienza muchas veces con algo aparentemente pequeño: ver, acercarse, escuchar y servir.

Otro aporte fundamental de Santa Teresa fue su insistencia en la dignidad de toda vida humana.

Ella no veía simplemente “pobres”. Veía personas. No veía solamente enfermos. Veía hermanos. No veía descartados. Veía hijos de Dios.

El papa León XIV, en su exhortación Dilexi te, recordó precisamente que los más pobres entre los pobres ocupan un lugar especial en el corazón de Dios y presentó a Santa Teresa de Calcuta como un icono universal de la caridad vivida hasta el extremo.

Esta perspectiva tiene una enorme importancia para nuestra sociedad.

Cuando aprendemos a mirar al otro desde su dignidad y no desde su condición económica, apariencia, procedencia o situación personal, comienza a cambiar nuestra manera de relacionarnos.

El cristiano no ayuda al pobre porque sea “inferior”.

Lo ayuda porque es su hermano.

Una mujer que defendió la vida

Santa Teresa también levantó su voz en defensa de la vida humana.

Su compromiso no se limitó a quienes ya estaban viviendo en condiciones de extrema pobreza. También defendió la vida desde sus comienzos y habló públicamente contra el aborto y contra toda forma de desprecio hacia la vida humana.

San Juan Pablo II recordó esta dimensión de su testimonio y la presentó como una auténtica misionera de la vida.

Para la Iglesia dominicana, este aspecto de su legado invita a promover una auténtica cultura de la vida: una cultura que proteja a los niños, acompañe a las madres, cuide a los enfermos, respete a los ancianos y ofrezca oportunidades a quienes viven en situaciones de vulnerabilidad.

Defender la vida también significa crear condiciones para que la vida pueda ser vivida con dignidad.

Quizá uno de los mensajes más poderosos de Santa Teresa sea que no necesitamos hacer cosas extraordinarias para comenzar a vivir la santidad.

Podemos comenzar con lo que tenemos cerca.

Una llamada telefónica.

Una visita.

Un plato de comida.

Una palabra de esperanza.

Una ayuda económica ofrecida con discreción.

Una escucha paciente.

Un perdón.

Una sonrisa.

Un servicio realizado sin esperar reconocimiento.

Santa Teresa comprendió que el amor cristiano se construye muchas veces en pequeños gestos realizados con un corazón grande.

Por eso su mensaje resulta especialmente actual en una época marcada por la rapidez, las redes sociales, el individualismo y la cultura del descarte.

En medio de un mundo que muchas veces pregunta qué podemos obtener, ella nos vuelve a preguntar:

La oración como fuente de la misión

Pero sería un error presentar a Santa Teresa solamente como una mujer de acción.

Su servicio brotaba de la oración.

Ella comprendió que no podía llevar a Cristo a los demás si primero no permanecía unida a Cristo.

San Juan Pablo II destacó precisamente que la fuerza de su servicio encontraba su fuente en la oración y en la contemplación silenciosa de Jesús.

Esta enseñanza es especialmente importante para todos los bautizados.

No podemos vivir una auténtica misión cristiana si nuestra vida espiritual está vacía.

La caridad necesita oración.

El servicio necesita Eucaristía.

La misión necesita escucha de la Palabra.

La acción necesita contemplación.

Santa Teresa nos enseña que el cristiano sale al encuentro del hermano después de haberse encontrado con Cristo.

Santa Teresa de Calcuta murió el 5 de septiembre de 1997, dejando una huella profunda en la Iglesia y en el mundo.

Fue beatificada por san Juan Pablo II en 2003 y canonizada por el papa Francisco el 4 de septiembre de 2016.

Y su testimonio continúa creciendo.

Precisamente por la influencia universal de su espiritualidad, la Santa Sede dispuso en 2025 que Santa Teresa de Calcuta fuera incorporada al Calendario Romano General, estableciendo el 5 de septiembre como su memoria litúrgica.

No se trata solamente de recordar a una mujer del pasado.

Se trata de escuchar nuevamente su mensaje.

Para un católico dominicano, mirar la vida de Santa Teresa de Calcuta desde el Bautismo puede convertirse en un verdadero programa de vida.

Vivir el Bautismo significa aprender a mirar como Cristo.

Mirar al pobre sin desprecio.

Mirar al enfermo con compasión.

Mirar al anciano con respeto.

Mirar al niño con esperanza.

Mirar a la familia herida con misericordia.

Mirar al joven con confianza.

Mirar al que piensa diferente sin convertirlo en enemigo.

Y, sobre todo, mirar a cada persona como alguien amado por Dios.

Santa Teresa nos recuerda que la santidad no consiste en alejarnos de las heridas del mundo, sino en permitir que el amor de Cristo nos lleve hacia ellas.

Quizá el mejor homenaje que podemos hacer a Santa Teresa de Calcuta no sea poner una imagen suya en nuestras parroquias ni hablar mucho de ella.

Es imitarla.

Que cada parroquia pueda tener una puerta abierta para quien necesita ayuda. Una tarea de Cáritas y Pastoral Social

Que cada comunidad pueda identificar a quienes están solos.

Que cada grupo apostólico encuentre una manera concreta de servir.

Que cada familia enseñe a sus hijos que compartir es también evangelizar.

Que cada bautizado comprenda que la fe no termina cuando salimos del templo.

Porque el Bautismo nos hace discípulos-misioneros.

Y el discípulo, cuando encuentra a Cristo, no puede permanecer indiferente ante el sufrimiento de su hermano.

Santa Teresa de Calcuta nos deja, entonces, un camino sencillo y exigente:

orar más, amar más y servir más.

Su vida nos recuerda que no podemos cambiar todos los problemas del mundo, pero sí podemos cambiar la vida de una persona que Dios pone delante de nosotros.

Y quizá ahí comienza la verdadera revolución cristiana.

Una revolución que no necesita violencia.

Una revolución que comienza en el corazón.

Una revolución llamada caridad.

Que tu testimonio ayude a la Iglesia que peregrina en la República Dominicana a descubrir nuevamente la belleza de su Bautismo; que nos enseñe a reconocer a Cristo en los pobres, en los enfermos, en los abandonados y en todos aquellos que esperan una mano amiga.

Y que cada bautizado pueda escuchar, en medio de las realidades concretas de nuestro país, aquella invitación que marcó tu existencia:

“Ven y sé mi luz”.

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