El “esclavo de los esclavos” que convirtió su sacerdocio en una misión de amor, misericordia y defensa de los más vulnerables
Aire96FM | Reflexión y actualidad de la fe
En una sociedad donde tantas personas experimentan la exclusión, la indiferencia, la pobreza, la violencia y distintas formas de esclavitud moderna, la figura de San Pedro Claver, presbítero jesuita, continúa interpelando profundamente a la Iglesia y a todos los cristianos.
Su vida nos recuerda que el bautismo no es simplemente una celebración del pasado ni un acontecimiento que queda reducido al registro de una parroquia. El bautismo nos incorpora a Cristo y nos compromete a vivir como discípulos suyos, capaces de reconocer la dignidad de cada persona y de acercarnos especialmente a quienes sufren.
San Pedro Claver hizo precisamente eso: convirtió su vida en una respuesta concreta al Evangelio.
Un joven llamado a servir
Pedro Claver nació en Verdú, España, en 1580. Durante sus años de formación entró en contacto con la Compañía de Jesús y, en 1602, ingresó como religioso jesuita.
Uno de los encuentros decisivos para su vida fue con el hermano jesuita Alonso Rodríguez, quien influyó profundamente en su vocación misionera y lo animó a considerar la posibilidad de entregar su vida a las misiones del Nuevo Mundo.
En 1610 fue enviado a Colombia. Llegó a Cartagena de Indias, ciudad portuaria que en aquella época era uno de los principales centros de llegada de personas esclavizadas procedentes de África.
En 1616 fue ordenado sacerdote y permaneció en Cartagena durante el resto de su vida. Allí encontró el lugar donde Dios le pedía ejercer su ministerio: entre hombres, mujeres y niños que habían sido arrancados de sus tierras, separados de sus familias y tratados como mercancía.
La Compañía de Jesús señala que durante aproximadamente 35 años Claver mostró una compasión extraordinaria hacia aquellos hombres y mujeres abandonados y marginados.
“Esclavo de los esclavos para siempre”
La expresión que mejor resume su espiritualidad es aquella con la que quiso identificarse: “esclavo de los esclavos para siempre”.
No se trataba de una frase romántica. Era una decisión radical de ponerse al servicio de quienes eran considerados inferiores por una sociedad que había normalizado la esclavitud.
Cuando los barcos llegaban al puerto de Cartagena, Pedro Claver no esperaba cómodamente en su convento. Salía al encuentro de quienes llegaban enfermos, heridos, hambrientos y aterrorizados.
Subía a las embarcaciones acompañado de intérpretes, llevaba alimentos y medicinas, limpiaba heridas y atendía a los enfermos. Pero también llevaba algo que consideraba fundamental: la certeza de que aquellas personas tenían una dignidad que nadie podía arrebatarles.
La misión de Claver era pastoral y humana al mismo tiempo. Catequizaba, preparaba para el bautismo, administraba los sacramentos y acompañaba espiritualmente a quienes habían sido despojados de casi todo.
San Juan Pablo II destacó que Claver dedicó casi cuarenta años a proteger, asistir, ayudar y evangelizar a los esclavos procedentes de África, y que llegó a bautizar a un número extraordinario de personas.
Una fe que no podía permanecer indiferente
Uno de los grandes mensajes de San Pedro Claver para nuestro tiempo es que la fe cristiana no puede convivir tranquilamente con la indiferencia ante el sufrimiento humano.
Su ejemplo resulta particularmente actual.
Hoy ya no existen las mismas estructuras de esclavitud que él conoció, pero existen nuevas formas de sometimiento: personas víctimas de la trata, explotación laboral, adicciones, violencia, pobreza extrema, abandono, discriminación, abuso y exclusión social.
El papa Francisco, durante su visita a Cartagena en 2017, presentó a San Pedro Claver como un hombre capaz de encontrarse con aquellos a quienes otros consideraban un desecho. Para Francisco, su testimonio muestra que la verdadera revolución es la del Evangelio, capaz de liberar a las personas y a las sociedades de las esclavitudes de ayer y de hoy.
Esta perspectiva tiene una enorme importancia para la Iglesia que peregrina en la República Dominicana.
El cristiano bautizado no puede limitarse a decir: “Yo tengo fe”. La pregunta fundamental es: ¿qué estoy haciendo con esa fe?
El bautismo: una vida entregada
San Pedro Claver nos ayuda a recuperar una dimensión esencial del bautismo: hemos sido bautizados para vivir en Cristo y para servir a nuestros hermanos.
El bautismo nos hace hijos de Dios y miembros de la Iglesia, pero también nos introduce en una misión.
Por eso, la vida del santo puede ayudarnos a revisar nuestro propio compromiso bautismal.
1. El bautizado debe aprender a ver al que sufre
Pedro Claver vio lo que muchos preferían no mirar.
Mientras otros podían acostumbrarse a contemplar barcos llenos de personas esclavizadas, él descubría rostros concretos: hombres, mujeres y niños que sufrían.
También nosotros necesitamos pedirle al Señor unos ojos capaces de reconocer al hermano.
¿Cuántas personas sufren cerca de nosotros y permanecemos indiferentes?
Quizá están en nuestra propia familia, en nuestro barrio, en nuestro trabajo o incluso dentro de nuestras comunidades cristianas.
El bautismo nos invita a mirar como Cristo mira.
2. El bautizado debe acercarse
Claver no se quedó en las buenas intenciones. Bajó al puerto. Subió a los barcos. Entró en contacto con los enfermos. Tocó heridas. Escuchó historias. Acompañó.
El Evangelio exige proximidad.
El papa Francisco resumió esta actitud con una expresión muy significativa al hablar de Cartagena: “dar el primer paso” significa acercarse, inclinarse y tocar la carne del hermano herido y abandonado.
Ese es también un desafío para nuestras parroquias.
Una Iglesia verdaderamente bautizada debe ser una Iglesia que sale al encuentro.
3. El bautizado debe defender la dignidad humana
San Pedro Claver comprendió que evangelizar también implicaba defender la dignidad de aquellos a quienes la sociedad había deshumanizado.
La evangelización y la promoción de la dignidad humana no pueden separarse.
La persona que tenemos delante no es un número, un problema, un inmigrante, un pobre, un enfermo, un preso, un adicto o alguien que “no tiene nada que aportar”.
Es una persona creada a imagen y semejanza de Dios.
Por eso, el compromiso bautismal exige defender la vida, la dignidad, la justicia y la fraternidad.
Una espiritualidad alimentada por la oración
Pero hay otro aspecto fundamental en la vida de San Pedro Claver: su intensa vida espiritual.
Su servicio no nació simplemente de una sensibilidad social. Nació de su relación con Jesucristo.
San Juan Pablo II destacó la profunda vida de oración que sostenía su actividad apostólica. El santo podía dedicar largas horas al ministerio de la reconciliación y al acompañamiento espiritual porque su acción brotaba de una profunda unión con Dios.
Esta es una advertencia muy importante para los cristianos de hoy.
No podemos pretender transformar el mundo si primero no permitimos que Cristo transforme nuestro corazón.
La acción sin oración puede terminar convirtiéndose en activismo.
La oración sin caridad puede convertirse en una experiencia encerrada en nosotros mismos.
Pedro Claver nos enseña a unir ambas dimensiones: contemplar a Cristo y reconocerlo en el rostro del hermano que sufre.
San Pedro Claver y la Iglesia dominicana
En la República Dominicana, donde la Iglesia está llamada diariamente a acompañar a familias vulnerables, enfermos, envejecientes, niños, jóvenes, migrantes, personas en situación de pobreza y víctimas de diferentes formas de violencia y exclusión, el testimonio de San Pedro Claver tiene mucho que decir.
Su mensaje podría resumirse en una pregunta sencilla:
¿Dónde están hoy las personas a las que nadie quiere acercarse?
Ahí también puede estar esperando Cristo.
La parroquia no puede ser solamente el lugar donde celebramos sacramentos. Debe ser también una comunidad que escucha, acompaña, sirve, consuela, evangeliza y defiende la dignidad de quienes sufren.
El bautizado no recibe una misión para guardarla. La recibe para compartirla.
Un legado que sigue vivo
San Pedro Claver murió en Cartagena el 9 de septiembre de 1654, después de una vida completamente entregada al servicio de los demás. La Compañía de Jesús recuerda que incluso durante la epidemia que azotó Cartagena en 1650 continuó atendiendo a los enfermos, hasta que él mismo terminó siendo víctima de la enfermedad.
Su muerte no significó el final de su misión.
Su legado permanece como una llamada a construir una Iglesia que no pase de largo ante el sufrimiento.
San Juan Pablo II lo presentó como un ejemplo de caridad cristiana y señaló que, aunque la esclavitud de su época había sido abolida, habían aparecido nuevas y más sutiles formas de esclavitud.
Más recientemente, el papa Francisco volvió a colocar su figura ante la Iglesia como un ejemplo de cercanía con los pobres y marginados.
¿Qué nos pide hoy San Pedro Claver?
Quizá no todos estamos llamados a realizar exactamente la misión que él realizó. Pero todos estamos llamados a vivir el espíritu que animó su existencia.
San Pedro Claver nos invita a:
Mirar al que sufre.
Acercarnos al que está solo.
Escuchar al que necesita ser comprendido.
Servir al que necesita ayuda.
Defender al que ha sido tratado injustamente.
Perdonar al que nos ha herido.
Evangelizar con palabras y, sobre todo, con obras.
Y, sobre todo, nos invita a recordar que nuestro bautismo tiene consecuencias concretas en la vida diaria.
Una pregunta para nuestra vida
En una época marcada por la indiferencia, San Pedro Claver nos hace una pregunta incómoda pero necesaria:
¿A quién estoy dejando fuera de mi corazón?
Tal vez nuestro compromiso bautismal comience precisamente allí donde dejamos de mirar al otro como un extraño y empezamos a reconocerlo como hermano.
Pedro Claver descubrió a Cristo en aquellos que otros despreciaban.
Nosotros también estamos llamados a descubrirlo.
Porque el bautismo no nos convierte en espectadores de la historia.
Nos convierte en discípulos.
Y un discípulo de Cristo no puede permanecer indiferente ante el dolor de sus hermanos.
San Pedro Claver, ruega por nosotros
Que su testimonio ayude a la Iglesia que peregrina en la República Dominicana a renovar su compromiso con los pobres, los marginados y todos aquellos cuya dignidad ha sido herida.
Que nuestras parroquias sean comunidades abiertas, misericordiosas y misioneras.
Que nuestros jóvenes aprendan que la fe no es indiferencia.
Que nuestras familias descubran que servir es una forma concreta de amar.
Y que cada bautizado pueda preguntarse cada día:
¿Cómo puedo hacer presente hoy el amor de Cristo en la vida de una persona que sufre?
San Pedro Claver nos recuerda que, cuando el Evangelio entra verdaderamente en el corazón, la fe deja de ser solamente una palabra y se convierte en servicio, misericordia y compromiso con la dignidad humana.
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