Por Gegorio Bautista
Hay frases que repetimos tanto que terminamos diciéndolas sin detenernos a pensar qué hay detrás de ellas. “Gracias a la vida”, “todo pasó por algo”, “fue mi esfuerzo”, “las circunstancias se dieron”, “tenía que suceder”. No necesariamente son frases malas. El problema aparece cuando, poco a poco, comenzamos a utilizarlas para explicar nuestra historia dejando fuera a Dios.
Hoy resulta más cómodo hablar de esfuerzo, disciplina, actitud, resiliencia y superación. Son palabras que todos pueden recibir, crean o no crean. No incomodan, no cuestionan y permiten explicar muchas de las cosas que vivimos sin entrar en terrenos que puedan resultar incómodos. Quizás por eso, incluso quienes creen, han comenzado a contar su historia de una manera en la que Dios aparece cada vez menos.
Celebramos un logro y hablamos de nuestra disciplina. Superamos una dificultad y hablamos de nuestra fortaleza. Llegamos a un lugar inesperado y decimos que fueron las circunstancias. Conocemos a alguien que termina siendo determinante en nuestra vida y lo llamamos casualidad. Atravesamos una situación difícil y decimos que “la vida nos estaba preparando para algo mejor”. Y en medio de todas esas explicaciones cabe una pregunta sencilla: ¿dónde quedó Dios?
No se trata de negar el esfuerzo. Hay que trabajar, decidir, perseverar, levantarse después de cada caída y hacer la parte que corresponde. La fe cristiana nunca ha sido una invitación a quedarse de brazos cruzados. Pero una cosa es reconocer nuestra responsabilidad y otra convertirnos en los únicos protagonistas de nuestra historia.
El salmista lo expresa con claridad: “Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican” (Salmo 127,1). No está diciendo que no haya que trabajar. Está recordando que nuestro trabajo, por sí solo, no explica todo lo que somos ni todo lo que alcanzamos.
Porque si todo depende de nosotros, también nuestra esperanza termina dependiendo de nosotros. Y habrá días en los que la disciplina no será suficiente, los planes no funcionarán y las circunstancias serán adversas. ¿Qué queda entonces? Es ahí donde la fe deja de ser una frase bonita y se convierte en una necesidad.
El cristianismo no ofrece simplemente una manera positiva de pensar. Recuerda que hay un Padre. Un Padre que provee, sostiene y no se desentiende de sus hijos. Jesús lo expresa así: “Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas” (Mateo 6,33). La diferencia está en hacer nuestra parte sin olvidar que nuestra vida está sostenida por alguien más grande que nosotros.
Quizás se ha hablado tanto de construir la propia vida que se ha olvidado recibirla. La vida no comenzó con nosotros y tampoco depende exclusivamente de nosotros. Antes de nuestros logros, fracasos y decisiones, ya había un Dios que había amado primero. Esa verdad cambia la manera de mirar nuestra propia historia.
Por eso resulta necesario preguntarnos qué ocurre cuando, incluso desde la fe, comenzamos a utilizar un lenguaje en el que Dios parece innecesario. Lo sustituimos por “el universo”, “la vida”, “las energías”, “las circunstancias” o simplemente “el proceso”. Muchas veces no porque hayamos dejado de creer, sino porque queremos que nuestras palabras sean aceptadas por todos. Queremos encajar, evitar incomodar y llegar también a quien no cree.
Pero hay momentos en los que hace falta atreverse a llamar a Dios por su nombre.
Decir que fue Dios no significa desconocer el esfuerzo. Significa reconocer que el esfuerzo no lo explica todo. Se puede trabajar, pero no controlar todas las puertas que se abren. Se puede estar preparado, pero no fabricar cada encuentro que termina cambiando una vida. Se pueden tomar decisiones, pero no determinar todas las circunstancias que aparecerán en el camino.
Hay una parte de nuestra historia que no podemos atribuirnos completamente. Allí aparece la providencia de Dios: esa presencia silenciosa que acompaña nuestra historia, incluso cuando todavía no somos capaces de reconocerla.
También necesitamos recuperar la capacidad de agradecer a Dios por lo cotidiano. Hay gracia en despertar, en tener una familia, en encontrar a alguien en el momento preciso, en recibir una oportunidad, en superar una dificultad o simplemente en tener un nuevo día. Santiago lo resume de esta manera: “Toda buena dádiva y todo don perfecto viene de lo alto” (Santiago 1,17).
La esperanza cristiana tampoco consiste en pensar que mañana todo será mejor porque seremos más fuertes. Consiste en saber que no caminamos solos. La seguridad no está en que todo saldrá como queremos, sino en saber que, aun cuando las cosas no salgan como queremos, seguimos estando en las manos de Dios.
Y nuestra historia tampoco termina en nosotros. Tiene una cruz. Tiene a Cristo. Tiene al Dios que no se quedó mirando nuestra historia desde lejos, sino que entró en ella y entregó su propia vida.
Por eso las palabras de Jesús adquieren un significado especial: “Separados de mí nada pueden hacer” (Juan 15,5). No es una negación de nuestras capacidades, sino un reconocimiento de su verdadera fuente. Podemos trabajar, crear, estudiar, luchar y alcanzar metas, pero cuando olvidamos de dónde viene la vida y quién la sostiene, terminamos atribuyéndonos incluso aquello que nunca estuvo completamente en nuestras manos.
Quizás necesitamos recuperar algo que poco a poco estamos dejando de decir. No para imponer la fe, ni para sentirnos superiores, ni para convencer a quien piensa diferente, sino para darle a Dios el lugar que le corresponde. Si todo lo bueno que ocurre en nuestra vida termina siendo mérito nuestro, de la vida, de las circunstancias o de nuestra capacidad, habría que preguntarse qué espacio estamos dejando para la gracia.
Cuando se mira hacia atrás con honestidad, es difícil sostener que todo ocurrió únicamente por mérito propio. Hubo personas que aparecieron en el momento preciso, puertas que se abrieron cuando parecían cerradas, oportunidades que nadie podía garantizar y fuerzas que llegaron cuando las propias se habían agotado. Muchas veces llamamos casualidad a cosas que quizás nunca llegaremos a comprender completamente.
No se trata de tener una explicación para todo, sino de aprender a reconocer que también existe una providencia que trabaja silenciosamente en nuestra historia.
Porque cuando las frases de motivación ya no alcanzan, cuando el esfuerzo descubre sus límites y cuando las circunstancias dejan de estar a nuestro favor, queda una pregunta que tarde o temprano tendremos que responder: ¿en quién está puesta realmente nuestra esperanza?
La respuesta cristiana no está simplemente en la vida, sino en quien nos dio la vida. No está solamente en nuestras fuerzas, sino en quien nos sostiene. No está en las circunstancias, sino en quien puede encontrarse con nosotros incluso dentro de ellas.
Hay cosas que hacemos nosotros y que debemos asumir con responsabilidad. Pero hay otras que, cuando las miramos con humildad, solo podemos reconocer que no fueron obra nuestra. Entonces quizá no haga falta buscar una frase más cómoda para que todos estén de acuerdo.
Quizás basta con volver a decir, sin miedo:
Gracias, Dios.
Comunícate con el autor: bautista.gregorio30@gmail.com
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