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Liturgia

Santo Domingo de Guzmán y los dominicos: los misioneros proféticos que llevaron el Evangelio y defendieron la dignidad humana en el Nuevo Mundo

Por Domingo Vásquez · 3 de agosto de 2026

dvasquezmorales@gmail.com

Por la Redacción de AIRE96FM

Cada 4 de agosto la Iglesia en La República Dominicana celebra la fiesta de Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores, conocidos universalmente como los dominicos. Su legado no solo marcó la historia de la evangelización de Europa, sino que también dejó una huella imborrable en América, especialmente en la isla La Española, donde los primeros frailes dominicos protagonizaron una de las páginas más luminosas de la defensa de la dignidad humana.

Hablar de Santo Domingo de Guzmán es hablar de un hombre apasionado por la verdad, enamorado de Cristo y convencido que la mejor manera de transformar el mundo era mediante la predicación del Evangelio, el estudio profundo de la fe y el testimonio de una vida sencilla. En 1216, el papa Honorio III aprobó oficialmente la Orden de Predicadores, una comunidad religiosa nacida para anunciar la Palabra de Dios con fidelidad, inteligencia y compasión. Desde entonces, el lema dominicano, Veritas (Verdad), ha guiado la misión de miles de frailes, religiosas y laicos en todos los continentes.

Domingo nació hacia 1170 en Caleruega, España. Durante su juventud estudió teología y comprendió que la Iglesia necesitaba predicadores bien preparados que respondieran a los desafíos doctrinales y sociales de su tiempo. Su propuesta fue revolucionaria: formar religiosos dedicados simultáneamente a la oración, la vida comunitaria, el estudio y la predicación itinerante.

La espiritualidad dominicana quedó sintetizada en una expresión que ha atravesado los siglos: “contemplar y transmitir a los demás el fruto de la contemplación”. No se trataba simplemente de enseñar doctrinas, sino de anunciar un encuentro vivo con Jesucristo que transformara la sociedad desde sus raíces.

La tradición católica ha vinculado estrechamente a Santo Domingo con la difusión del Santo Rosario. Aunque los historiadores señalan que la forma actual del Rosario se desarrolló progresivamente durante los siglos posteriores, la Orden Dominicana desempeñó un papel decisivo en la expansión de esta devoción mariana por todo el mundo.

Durante siglos, los dominicos promovieron el Rosario como una auténtica escuela de oración, invitando a los fieles a contemplar, junto a la Virgen María, los principales misterios de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo. Gracias a su predicación y al establecimiento de cofradías del Rosario, esta práctica llegó a convertirse en una de las expresiones más populares de la espiritualidad católica.

Cuando los españoles llegaron al Nuevo Mundo, también llegaron los misioneros. Entre ellos se destacaron los dominicos, quienes arribaron a la isla La Española en 1510, apenas dieciocho años después del primer viaje de Cristóbal Colón.

Aquellos religiosos no tardaron en descubrir los abusos que sufrían los pueblos originarios bajo el sistema de encomiendas. Frente al silencio de muchos, decidieron levantar la voz.

El momento más emblemático ocurrió el 21 de diciembre de 1511, cuando fray Antonio de Montesinos, desde el púlpito de la iglesia de Santo Domingo, pronunció un sermón que cambiaría para siempre la historia de los derechos humanos en América.

Su pregunta resonó con fuerza:

“¿Estos no son hombres? ¿No tienen almas racionales?”

Con estas palabras denunció públicamente la explotación, la esclavitud y el trato inhumano que recibían los indígenas, recordando que todos los seres humanos poseen la misma dignidad ante Dios.

Aquella homilía provocó indignación entre las autoridades coloniales, pero también abrió un intenso debate moral que influiría posteriormente en la elaboración de las Leyes de Indias y en el desarrollo del pensamiento sobre los derechos naturales de la persona.

Entre quienes escucharon el llamado profético de los dominicos estaba un joven encomendero llamado Bartolomé de las Casas.

Conmovido por la predicación de Montesinos, renunció a sus privilegios y terminó ingresando en la Orden Dominicana. Desde entonces dedicó toda su vida a defender a los pueblos indígenas, denunciar las injusticias y promover leyes más humanas.

Su obra trascendió el ámbito religioso y lo convirtió en una de las figuras más influyentes en la historia de los derechos humanos. Junto a otros dominicos, como Francisco de Vitoria, contribuyó al nacimiento de una reflexión ética y jurídica que muchos consideran antecedente del derecho internacional moderno.

La presencia dominicana en la isla también dejó un extraordinario legado educativo.

En Santo Domingo fundaron conventos, centros de formación y la Universidad Santo Tomás de Aquino, considerada la primera universidad del continente americano.

Desde allí impulsaron el estudio de la filosofía, la teología, el derecho y las humanidades, convencidos que la evangelización debía ir siempre acompañada por la formación intelectual.

Su influencia fue decisiva en la configuración religiosa, educativa y cultural de la naciente sociedad americana.

Más de ocho siglos después de la fundación de la Orden, los dominicos permanecen presentes en los cinco continentes desarrollando una amplia labor pastoral, educativa, universitaria, misionera y social.

Su carisma sigue sustentándose sobre cuatro pilares inseparables:

  1. la oración;
  2. la vida fraterna;
  3. el estudio permanente;
  4. la predicación del Evangelio.

A ellos se suman numerosas religiosas, monasterios contemplativos y laicos que forman la gran Familia Dominicana y continúan anunciando el Evangelio desde diversos campos de la vida pública y eclesial.

En una época marcada por la desinformación, las divisiones sociales y las múltiples formas de exclusión, el ejemplo de Santo Domingo de Guzmán conserva una sorprendente actualidad.

Su vida recuerda que la verdad debe buscarse con humildad, estudiarse con profundidad y anunciarse con caridad. Asimismo, el testimonio de los primeros dominicos en América demuestra que la auténtica evangelización nunca puede separarse de la defensa de la dignidad humana.

Los frailes que llegaron al Nuevo Mundo no solo enseñaron el Evangelio y promovieron la oración del Rosario; también tuvieron el valor de denunciar las injusticias cuando hacerlo implicaba enfrentarse al poder.

Ese legado profético sigue siendo una inspiración para la Iglesia de hoy: anunciar a Cristo implica también defender la vida, la libertad, la justicia y los derechos de toda persona, especialmente de los más pobres y y los más debiles.

A más de quinientos años de la histórica homilía de fray Antonio de Montesinos, la voz de los dominicos continúa recordando que el Evangelio no puede anunciarse sin amor a la verdad ni sin compromiso con la dignidad de cada ser humano. Esa fue la herencia de Santo Domingo de Guzmán y sigue siendo la misión permanente de la Orden de Predicadores.

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