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Cuando un “Like” también habla de Cristo

Por Domingo Vásquez · 4 de agosto de 2026

¿Mis likes hablan el mismo idioma que mi fe?

En el mundo digital hemos reducido muchos gestos a la velocidad de un dedo. Deslizamos la pantalla, vemos una publicación y, casi sin pensar, presionamos el botón de “Like”. Parece un acto inofensivo, automático, sin mayor trascendencia. Pero ¿realmente lo es?

En las redes sociales, un “Like” rara vez es un gesto neutro. Para el algoritmo significa que ese contenido merece llegar a más personas. Para quien lo publica, puede interpretarse como aprobación. Para quienes observan, es una señal de aquello que valoramos. Un gesto de apenas un segundo puede convertirse en un mensaje mucho más elocuente de lo que imaginamos.

Por eso vale la pena hacernos una pregunta incómoda: ¿mis likes hablan el mismo idioma que mi fe?

No escribo estas líneas para juzgar a nadie. Yo también he dado likes por impulso, sin detenerme a pensar en el mensaje que estaba respaldando. Precisamente por eso creo que todos necesitamos revisar nuestra presencia digital con la misma honestidad con la que examinamos nuestra vida cotidiana.

Los cristianos solemos preocuparnos por nuestras palabras. Procuramos no ofender, cuidar el lenguaje y hablar con caridad. Sin embargo, en la era digital la coherencia de nuestra fe también se manifiesta en nuestras interacciones. Un “Like”, un comentario o un contenido compartido pueden decir tanto de nosotros como las palabras que pronunciamos.

No se trata de pensar que todo contenido debe ser explícitamente religioso. La fe no nos prohíbe disfrutar del humor, del deporte, del arte o del sano entretenimiento. El problema aparece cuando, por costumbre o indiferencia, terminamos respaldando aquello que degrada la dignidad humana, banaliza el pecado, ridiculiza la fe o convierte en espectáculo aquello que debería despertar compasión.

Quizá nuestra intención nunca fue apoyar ese mensaje. Tal vez solo nos llamó la atención una frase ingeniosa o una imagen llamativa. Sin embargo, las redes sociales no interpretan nuestras intenciones; interpretan nuestras acciones. Y las personas tampoco siempre conocen lo que hay en nuestro corazón. Ellas solo ven lo que compartimos, comentamos y validamos. Por eso, antes de interactuar con cualquier publicación, conviene preguntarnos: ¿esto refleja realmente aquello en lo que creo y aquello que quiero promover?

San Pablo exhortaba a los cristianos a examinarlo todo y quedarse con lo bueno. Esa recomendación, escrita hace casi dos mil años, parece dirigida también a quienes vivimos conectados a una pantalla. No todo lo que entretiene edifica. No todo lo viral merece ser difundido. No todo lo popular ayuda a crecer.

Hay otra dimensión que no podemos ignorar: el testimonio.

Alguien sabe que eres cristiano. Ha visto que eres católico en tu perfil, una fotografía de una peregrinación o una publicación sobre la Eucaristía. Después encuentra tu nombre entre quienes han dado “Me gusta” a contenidos que contradicen aquello que dices creer. Tal vez nunca te lo reclame. Tal vez ni siquiera te conozca personalmente. Pero esa pequeña incoherencia puede sembrar una gran confusión.

El Evangelio no solo se anuncia desde un púlpito. También se anuncia o se contradice desde una pantalla.

Las redes sociales son uno de los nuevos medios de nuestro tiempo. Allí también estamos llamados a ser discípulos. No para aparentar perfección, sino para vivir con coherencia. Porque el mundo necesita menos cristianos que solo hablen de Cristo y más cristianos que permitan que Cristo se refleje, incluso, en los detalles más pequeños de su vida.

Tal vez debamos hacernos una pregunta más:

¿Qué ayudé a difundir hoy?

Porque cada publicación compartida, cada comentario y cada “Like” deja una huella. Y aunque el mundo digital parezca efímero, nuestro testimonio nunca lo es.

Que también nuestras redes sociales sean un lugar donde, sin necesidad de muchas palabras, otros puedan encontrarse con Cristo.

Comunícate con el autor: bautista.gregorio30@gmail.com

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