Por P. Wilkin Castillo, San Juan de la Maguana

Ya estamos en el tercer Domingo de Adviento y la Iglesia nos invita a todos a vivir la alegría, como un signo característico de aquellos que están conscientes de haber renacidos del agua y del Espíritu. En este tiempo especial cada Eucaristía se convierte en una oportunidad de vida y esperanza para todos. El Señor viene con poder a encontrarse con cada uno de nosotros.
Ya profundizando el Evangelio que la Iglesia nos propone de hoy, en él descubrimos una escena sorprendente y profundamente humana. Hoy toma fuerza la figura de Juan el Bautista, el profeta fuerte del Jordán, el mismo que señaló a Jesús como el Cordero de Dios, ahora está en la cárcel y envía a preguntar por medio de dos de sus discípulos a Jesús que, si él era el Mesías esperado, esta pregunta Juan la hace desde la oscuridad de su prisión y si por alguna razón Juan dudó, no dudó por falta de fe, sino porque la fe, cuando es auténtica, también atraviesa la noche más oscura.
Por lo visto Juan esperaba un Mesías con fuego en la mano, con el hacha puesta a la raíz de los árboles. Pero Jesús sin dudas, se ha revelado de otro modo: no con violencia, sino con misericordia; no con condena, sino con compasión. Y esta diferencia entre lo esperado y lo real provoca la pregunta que nace del sufrimiento: “¿Eres tú, Señor?”
La respuesta de Jesús no es una definición teórica ni un argumento brillante. Jesús responde con hechos que hablan por sí mismos:
“Los ciegos ven, los cojos caminan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Reino.” Es decir, el Reino de Dios se manifiesta allí donde la vida vuelve a florecer, donde la dignidad es restaurada, donde los últimos y olvidados son puestos en el centro.
En este Evangelio hay una profunda enseñanza teológica: Dios no se revela principalmente en el poder que impone, sino en el amor que sana. El Mesías no responde a nuestras expectativas humanas de fuerza y triunfo, sino al proyecto del Padre, que es salvar desde dentro, tocar las heridas, levantar al caído y hablar al corazón del pobre.
Cristo en ciertas ocasiones puede escandalizar nuestras ideas, nuestras seguridades religiosas, incluso nuestras imágenes de Dios. Creer de verdad es aceptar un Mesías que no siempre actúa como nosotros quisiéramos, pero que siempre ama como Dios ama.
Finalmente, Jesús habla de Juan al pueblo y lo eleva con palabras llenas de respeto y ternura. Juan es más que un profeta: es el mensajero que prepara el camino, el puente entre la promesa y su cumplimiento. Y, sin embargo, Jesús afirma algo desconcertante: “El más pequeño en el Reino de los cielos es más grande que él.” No porque Juan sea pequeño, sino porque el don del Reino supera todo mérito humano. La grandeza no está en la fuerza del carácter, sino en la gracia recibida.
Este Evangelio nos invita a revisar nuestra fe en los momentos de prueba. Cuando Dios no responde como esperamos, cuando la vida se vuelve cárcel, cuando las preguntas brotan, Jesús no nos reprocha; nos invita a mirar los signos de su amor actuando silenciosamente en el mundo y en nuestra propia historia.
Que hoy aprendamos de Juan la humildad de preguntar y de Jesús la paciencia de responder con amor. Y que, aun en medio de la duda, podamos escuchar esa palabra que nos sostiene: bienaventurados los que confían, incluso cuando no entienden del todo.
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