CRÓNICA DE FE:
Por P. Domingo Vásquez Morales: dvasquezmorales@gmail.com
Las estadísticas sobre el matrimonio en la República Dominicana no son simples números; son el reflejo de profundos cambios culturales que están transformando la manera en que las personas comprenden el amor, el compromiso y la familia.
Según la Oficina Nacional de Estadística (ONE), durante el año 2025 se registraron 40,750 matrimonios, de los cuales 3,003 fueron matrimonios canónicos, es decir, celebrados en la Iglesia. Esto representa apenas el 7.37 % del total de matrimonios realizados en el país. Al mismo tiempo, ese mismo año se registraron 24,711 divorcios, lo que significa que, por cada cien matrimonios, hubo aproximadamente 61 divorcios.
Estos datos plantean interrogantes que como Iglesia no podemos ignorar.
Vivimos en una sociedad donde cada vez cuesta más asumir compromisos permanentes, es decir de por vida. La cultura contemporánea exalta la satisfacción inmediata, el bienestar individual y la autonomía personal. En este contexto, el matrimonio deja de verse como una alianza para toda la vida y comienza a percibirse como una relación que dura mientras genere felicidad.
No sorprende, entonces, que muchos jóvenes prefieran convivir sin casarse o retrasar indefinidamente el matrimonio. Existe miedo al compromiso definitivo, temor al fracaso y desconfianza hacia la institución matrimonial.
La disminución de los matrimonios canánicos no debe interpretarse únicamente como una pérdida de práctica religiosa. También es una invitación a revisar nuestra práctica pastoral. Cambiar el conecto “Casarse por la Iglesia” por “Casarse EN la Iglesia”
Quizá durante muchos años nos hemos concentrado más en preparar la celebración del matrimonio que en preparar a las personas para la vida matrimonial.
La preparación no puede limitarse a unos encuentros previos a la boda. Es necesario comenzar desde la infancia, educando en la afectividad, el respeto, el perdón, el diálogo, la castidad, la responsabilidad y la capacidad de amar como Cristo ama.
A pesar de todas las transformaciones sociales, ninguna institución ha logrado sustituir a la familia. Que se define como “la iglesia doméstica”. Es en ella donde se aprende a amar gratuitamente, a compartir, a perdonar, a respetar las diferencias y a descubrir el valor del sacrificio por los demás.
Cuando la familia se debilita, toda la sociedad experimenta sus consecuencias: aumenta la violencia, la soledad, las adicciones, la depresión y la dificultad para establecer relaciones estables.
Se hace urgente Una pastoral que acompañe. El papa Francisco insistió en numerosas ocasiones en que la Iglesia no debe limitarse a preparar matrimonios, sino acompañar a los matrimonios.
Muchas parejas fracasan porque afrontan solas las primeras crisis. Carecen de espacios donde puedan dialogar, recibir orientación, fortalecer su espiritualidad o compartir experiencias con otros matrimonios.

Desde Aire96, soñamos con que cada parroquia se convierta en una verdadera familia de familias.
Uno de los grandes desafíos consiste en presentar nuevamente el matrimonio no como una obligación moral, sino como una vocación hermosa.
El matrimonio cristiano no es simplemente un contrato jurídico ni una ceremonia social. Es un sacramento mediante el cual los esposos participan del amor de Cristo por su Iglesia.
Cuando un hombre y una mujer se aman en Cristo, su hogar se convierte en una pequeña Iglesia doméstica donde Dios continúa actuando en el mundo.
La crisis del matrimonio no es responsabilidad exclusiva de los jóvenes. También interpela a los padres, a los educadores, a las escuelas, a los medios de comunicación, a los movimientos familiares y a toda la comunidad eclesial.
Necesitamos mostrar con mayor claridad matrimonios felices, familias unidas y testimonios que demuestren que la fidelidad no solo es posible, sino profundamente liberadora.
Las estadísticas pueden movernos a preocupación, pero no deben desanimarnos. Cada matrimonio que permanece fiel durante décadas demuestra que el amor definitivo es posible cuando está sostenido por la gracia de Dios y el esposo se deja guiar.
La Iglesia está llamada a anunciar, con renovado entusiasmo, que el matrimonio sigue siendo uno de los caminos más hermosos de santidad y de felicidad humana.
Como recordaba san Juan Pablo II: «El futuro de la humanidad se fragua en la familia.»
Por eso, invertir en la familia no es mirar al pasado; es construir el futuro de la sociedad y de la Iglesia.
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