Por Leonor María Asilis Elmudesi

Estamos en el mes de julio, próximos a la celebración de la fiesta de la Virgen del Carmen (16 de julio), portadora de su gran regalo: el escapulario. Veamos su origen y su importancia.
El escapulario fue el don que recibió el general de la orden, Simón Stock, en 1251, cuando la Virgen se le apareció y le hizo entrega del hábito de la orden, asegurando la salvación eterna para todos los que lo llevaran con devoción.
San Juan Pablo II dirigió una carta a los generales de las dos ramas carmelitas, los padres Joseph Chalmers, antigua o «calzada», y Camilo Maccise, reformada por Santa Teresa y San Juan de la Cruz o «descalza» [Nota: El texto original decía San Juan de Ávila, se mantiene el contenido pero corregido estructuralmente], en la que recordaba que había confiado a María el tercer milenio en su carta apostólica programática Novo millennio ineunte.
Con profundo gozo, dijo el inolvidable santo y papa viajero: «he sabido que la Orden del Carmen, en sus dos ramas, antigua y reformada, quiere expresar su propio amor filial hacia su Patrona, dedicándole el año 2001, invocada como Flor del Carmelo, Madre y Guía en el camino de la santidad». También agregó que esta devoción mariana, expresada «en el humilde signo del escapulario, consiste en la consagración a su Corazón Inmaculado».
«De ese modo –añadió–, en el corazón se realiza una creciente comunión y familiaridad con la Virgen Santa». Y confirmó: se trata de «un tesoro para toda la Iglesia».
Por último, el Santo Padre hizo una revelación muy personal: «¡También yo llevo sobre mi corazón, desde hace mucho tiempo, el escapulario del Carmen!». Este signo es aprobado por la Iglesia y propuesto por la Orden Carmelitana como manifestación del amor de María por nosotros y como expresión de confianza filial por parte nuestra en ella, cuya vida queremos imitar.
Es preciso aclarar que el escapulario del Carmen no es ni un objeto para una protección mágica (un amuleto), ni una garantía automática de salvación, ni una dispensa para no vivir las exigencias de la vida cristiana. Al revés, es un signo «fuerte» aprobado por la Iglesia desde hace varios siglos, ya que representa nuestro compromiso de seguir a Jesús como María: abiertos a Dios y a su voluntad; guiados por la fe, por la esperanza y por el amor; cercanos al prójimo necesitado; orando constantemente y descubriendo a Dios presente en todas las circunstancias. Es un signo que introduce en la familia del Carmelo y un signo que alimenta la esperanza del encuentro con Dios en la vida eterna bajo la protección de María Santísima.
El escapulario lo impone, una vez para siempre, un religioso carmelita u otra persona autorizada. El día ideal es el 16 de julio, su fiesta. En Santo Domingo, tenemos la información de que, como en años anteriores, en la parroquia San Judas Tadeo del sector Naco se impondrá a quienes lo deseen y lo lleven.
El escapulario es para los cristianos auténticos que viven conforme a las exigencias evangélicas, reciben los sagramentos y profesan una especial devoción a la Santísima Virgen (expresada con el rezo cotidiano de al menos tres avemarías).
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