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¿Dónde quedó la ética? El peligro de una sociedad que vende su conciencia

Por Yeuris Mael Solano Rosario · 5 de septiembre de 2026

Especial para Aire 96 FM

Existen sociedades que no se destruyen únicamente por las guerras, las crisis económicas o las catástrofes naturales. Algunas comienzan a desmoronarse de una manera mucho más silenciosa y peligrosa: cuando sus ciudadanos aprenden a convivir habitualmente con la falta de ética.

Y quizás esa sea la interrogante más incómoda que debamos plantearnos en la República Dominicana de hoy: ¿Dónde quedó la ética?

¿En qué momento dejamos de sentir indignación ante la mentira? ¿Cuándo comenzamos a justificar la corrupción dependiendo de quién la cometa? ¿En qué instante el interés personal comenzó a valer más que la verdad, la dignidad humana y el bien común?

Vivimos en una sociedad que habla constantemente de valores, pero que a menudo los negocia. Criticamos la corrupción del adversario y justificamos la del amigo. Denunciamos el abuso cuando nos perjudica, pero guardamos silencio cuando favorece a nuestro grupo. Exigimos honestidad a la clase política mientras estamos dispuestos a empeñar la conciencia por una promesa, un favor o una conveniencia temporal.

Cabe preguntarse entonces: ¿tenemos realmente una crisis política o enfrentamos, ante todo, una profunda crisis moral?

La popular serie El juego del calamar ofrece una de las alegorías más crudas sobre la condición humana contemporánea: personas desesperadas compiten en una dinámica letal, conocen las reglas, ven caer a sus pares y descubren la crueldad del sistema. Sin embargo, aun con la opción de retirarse, deciden regresar.

La ambición y la promesa de dinero terminan pesando más que el valor de la propia vida.

En la dinámica sociopolítica dominicana ocurre un fenómeno similar. Jugamos cuando respaldamos a figuras públicas sin examinar sus principios. Jugamos cuando otorgamos poder a quienes carecen de solidez moral. Jugamos cuando, conscientes de los errores y sus consecuencias, decidimos cerrar los ojos con la esperanza de recibir una renta personal.

La diferencia radica en que, en la ficción, los participantes arriesgan su propia vida; en la política real, una sociedad arriesga el futuro de toda una nación.

Cada proceso electoral debería constituir un acto de alta responsabilidad nacional. Sin embargo, la contienda tiende a reducirse a un concurso de popularidad marcado por la simpatía, el fanatismo, la promesa clientelar o el interés particular. Rara vez el debate se detiene en preguntas esenciales:

  • ¿Quién es la persona cuando no está bajo los reflectores?
  • ¿Qué valores rigen sus decisiones?
  • ¿Qué ha demostrado con sus actos previos?
  • ¿Busca servir a la colectividad o servirse del poder?

El discurso político es maleable. Se puede predicar honestidad y actuar con corrupción, hablar de familia y destruirla, o invocar principios religiosos para instrumentalizarlos con fines proselitistas. La sociedad que elige movida únicamente por emociones o conveniencias termina gobernada por quienes manejan con mayor destreza el espectáculo y los intereses corporativos. La política no es un ente aislado: es el reflejo moral de la ciudadanía que la valida.

El sectarismo político destruye la ética de forma paulatina. Si el adversario roba, se califica de corrupción; si lo hace un aliado, se busca una atenuante. Si el rival miente, es un escándalo; si lo hace el líder propio, se presume una estrategia razonable.

La crítica moral no puede depender del color de una bandera partidaria. La corrupción, la mentira y el abuso de poder no cambian de naturaleza según la filiación de quien los ejecute.

"Tener autoridad legal no significa poseer autoridad moral; ganar elecciones no convierte automáticamente a nadie en una persona ética."

Desde la filosofía y la ética con perspectiva cristiana, el poder cobra sentido únicamente como vocación de servicio, no como propiedad ni herramienta de dominación. Cuando el poder se orienta a satisfacer ambiciones personales, deja de velar por la sociedad y pasa a instrumentalizarla.

Es sencillo enfocar la responsabilidad exclusivamente en el Palacio Nacional, el Congreso o las instituciones públicas. Sin embargo, el análisis exige una introspección ciudadana:

  • ¿Qué hacemos cuando se nos ofrece un favor a cambio de la conciencia?
  • ¿Cómo reaccionamos ante una injusticia cometida por alguien cercano?
  • ¿Mantenemos la integridad cuando la verdad perjudica los intereses propios?

La República Dominicana no requiere ciudadanos ni gobernantes perfectos, pero sí una comunidad que no renuncie a sus principios. Una nación puede superar crisis económicas y malas administraciones, pero difícilmente sobrevive al desmantelamiento de su conciencia moral.

La democracia otorga el derecho de elegir, pero la ética impone el deber de elegir con criterio. No todo lo que conviene es correcto, ni todo lo popular es justo.

La transformación del país no inicia únicamente en las esferas del poder, sino en la conducta individual de cada ciudadano. Recuperar la conciencia moral implica dejar de justificar lo indefendible y exigir valores innegociables a quienes aspiran a dirigir los destinos de la nación. La pregunta sigue abierta: ¿dónde quedó la ética? La respuesta definirá el rumbo colectivo de nuestro país.

Yeuris Mael Solano Rosario.  Escríbele al autor: yeurismael.cme@gmail.com
Licenciado en Filosofía y Teología

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